A Rodo lo conocí hace algunos años, creo que por el 2012, cuando me invitó con Flavio a su programa de cine en Radio Nacional. Me contactó por Facebook con el pseudónimo Rudolf Von Rassendyll. Cuando llegué a la radio, pregunté por Rodolfo Rassendyll. ¡Qué boludo! El tipo de seguridad me miró como si le preguntase por el duque de Edimburgo. Ahí me di cuenta de lo pobre de mi cultura, dado que el apodo era el nombre del personaje central de El Prisionero de Zenda. Como sea, logré dar con su guarida radial. En ese cálido reportaje descubrí que Rodo era fanático de 76 89 03 y de Regresados. La pasión y el nivel de detalle con el que nos habló de ambas películas nos dejaron perplejos. No podía entender por qué a Regresados le había ido tan mal en la taquilla. Consideraba a ambas películas las más significativas sobre la decadencia de la clase media porteña. En esa misma nota, le contamos que estábamos por encarar un laburo sobre la vida de Oesterheld: se entusiasmó más que nosotros. Un par de años después pudo ver Germán y escribió bella y apasionadamente sobre la serie. Rescató el valor de la puesta en escena en un producto televisivo.

Al tiempo me llamó para invitarme a dar una charla sobre Spielberg. Rodo daba un seminario sobre este director por el cual los dos profesábamos un profundo amor. El lugar era una sala de teatro de esas típicas de Palermo, al fondo de un bar. Habría unas diez personas en el lugar, pero él hablaba como para quinientas. Allí comprobé su nivel de erudición. Hablaba de Spielberg con un conocimiento muy profundo. Lo obsesionaba la temática que para él imperaba en toda la obra del director de ET: la ausencia de la figura paterna. Habló de casi todas sus películas, hasta de las que había producido. Una de ellas era An American Tail. Yo no la había visto (Rodo siempre hablaba de películas que yo no había visto).

La vida nos volvería a cruzar un par de años después, cuando me llamó para inscribirse como alumno en uno de mis cursos. Me cuesta decir que fue alumno mío, ya que su cultura cinematográfica era mucho más amplia que la mía (que solo está suspendida en el cine americano de los 70). Rodo se había visto todo el cine y, en particular, le gustaba mucho la era dorada de Holywood, el cine clásico, Ford, Wilder, Wyler, Welles; también amaba a Fellini y a los grandes maestros europeos. Y se veía todo el cine actual. A veces era un poco prejuicioso, pero calculo que tenía que ver con su pasión futbolera. Hincha de River y fan absoluto del Muñeco Gallardo, solía hacer campeonatos de películas (sabía que a mí me molestaban porque nunca creí en las competencias deportivas entre películas); pero los fixtures que armaba eran tan delirantes y divertidos que más de una vez terminé participando. Durante las clases, hablábamos una hora de cine y algunos chismes del ambiente, y la última hora la dedicábamos a su proyecto. Rodo tenía en ciernes una película hermosa. Era una suerte de comedia disparatada sobre un agente de seguridad que ve cosas raras por las noches en la oficina donde trabaja. La historia tenía reminiscencias de Woody Allen, el desparpajo de Wilder en One, Two, Three y el disparatado vuelo de Blake Edwards en The Party. Creo que mi curso le sirvió para armar una primera versión de su historia. Lo que más me llamó la atención fue que muchas de las cosas que le ocurrían al personaje las había rescatado de la realidad. Rodo no era un nene de guita o un «hijo de», de esos que inundan el ambiente. Rodo, además de ser un hombre de cine, era un hombre real, de a pie, un laburante. Por las noches, no tenía el menor problema en calzarse el uniforme para trabajar como seguridad en las oficinas de Idea. Ese detalle me fascinaba de Rodo: todo lo que veía y escuchaba durante las noches lo acumulaba para su futura película. Cuando salía de mi curso, se iba a una salita de teatro a ensayar una obra y de ahí a laburar. Durante los meses del curso, Rodo se quedó sin novia (sufrió mucho por eso), pero, así y todo, se notaba que lo único que lo salvaba de la tristeza era el cine. Cuando le conté que estaba por hacer una de terror quedó fascinado. Siempre me preguntaba en qué andaba la película. Una de las últimas clases, mientras caminábamos hacia la parada de colectivo, me dijo: «Cristian: Bajo tus pies va a ser la película del año».

Pasaron los años y todavía sigo peleando para hacerla realidad. Una de las cosas que más me entristece es saber que Rodo ya no podrá verla.

Como crítico, se animaba a todo. Era irreverente, culto y apasionado. Se le entendía todo lo que escribía porque era popular. Amaba el cine popular. No le gustaba Zama (cosa que, aunque parezca mentira, nos hermanó aún más); fue de los pocos críticos que se animó a darle con un caño públicamente. La última vez que nos vimos fue en el estudio donde suelo dar mis cursos. Él ya había dejado de ser alumno, pero me contó de sus proyectos y sus sueños. Yo le conté de los míos y también de cómo Bajo tus pies seguía sin concretarse. Me preguntó si me interesaría dirigir un capítulo de una serie que estaba escribiendo. Me contó la idea, y le dije que me mandara el guion cando lo tuviera terminado. Al poco tiempo me envió un tratamiento, y yo, en el medio del torbellino de laburo, me demoré en su lectura. Recién a los seis meses lo pude leer. Se llamaba Cajas Chinas y era un policial lleno de giros y misterios con algo a lo The game, de Fincher. Él estaba convocando a otros directores porque su sueño era ser el show runner de la serie. La última vez que hablamos fue por teléfono: le dije que contara conmigo. Creía que yo le podía dar algún prestigio a la hora de presentar el proyecto. Le aclaré que yo no era nadie en la industria, que buscara directores con nombres más gancheros, y que contara conmigo porque el material me parecía muy bueno. Fue lo último que hablamos. A los pocos días, el 2 de septiembre a las 22:25, Rodo escribió sus últimas palabras sobre cine: «Cine puro», un comentario sobre el Batman de Tim Burton. A la noche siguiente, al llegar a casa (venía de correr), se activó el wifi de mi celular y entre todos los mensajes de WhatsApp que estaba esperando (por la posible green light de mi película), recibo un mensaje de voz de mi amigo y compañero Christian Ercolano (que fue un choque frontal contra un paredón de hormigón a 300 km por hora): «Te llamo porque no quiero que te enteres por las redes. Se nos fue Rodo, Cris. Se nos fue ayer a la noche». Cuando lo llamé, me contó que la pandemia y toda la situación tenían muy angustiado a Rodo; y yo, que soy lo peor en este tipo de situaciones, le agradecí y me quebré, aunque pude contener la angustia y las ganas de llorar. Al rato me llamó Seba De Caro, sorprendido por la partida de Rodo. Cuando corté, me sumergí en la ducha a camuflar las lágrimas con el agua. La frase «se van los mejores» es un cliché, pero aplica perfectamente a él. Rodo era brillante, inteligente, y si hubiera filmado alguno de los largometrajes que tenía en mente, no tengo dudas de que la hubiera roto, porque amaba la comedia y tenía un don para ella. Además era bueno, solidario, sensible y laburante. No hay muchos Rodos en el ambiente cinematográfico, un medio superpoblado de soberbios, miserables y envidiosos que lo que menos aman es el buen cine. Habrá que recordarlo todos los años, revivirlo, homenajearlo como a tantos jóvenes cineastas apasionados que se van del baile sin haber podido filmar en un país donde solo filma un pequeño y selecto séquito de tristes niños ricos e hijos de. Chau Rodo, ojalá que estés rodando una gran comedia disparatada de enredos allá arriba. De seguro será como las de Wilder, Wyler, Allen, Edwards y todos tus héroes. Algún día la vamos a ver todos juntos en la misma sala. Abrazo gigante, hermano.

Rodolfo Weisskirch, In memoriam

29 de noviembre de 1983 - 3 de septiembre de 2020

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