• Cristian Bernard

CONTAR HISTORIAS PARA NO MORIR The Gentlemen y la narración oral en el cine por Augusto Sinay

(corrección por Mariana Zarnicki)



El storytelling es un vocablo apropiado por los publicistas y el marketing para darle un estatus artístico a la idea de vender un producto. Pero al arte de contar historias no se lo puede apropiar nadie: es algo vivo, humano, primitivo.

Sin saberlo, conocí al storytelling desde muy chico. Los maestros de ese arte fueron mis tíos Memo y Coque, que desplegaban sus habilidades cuando el tremendo sol de las sierras cordobesas, justo después del almuerzo, amenazaba la salud de los niños. La única forma de evitar que media docena de niños en vacaciones se metiera a la pileta bajo la radiación del mediodía era el storytelling.

Mientras el sol quemaba, el Memo reinterpretaba historias de Sherlock Holmes. Nos las contaba con el mismo lujo de detalles con que las hubiese escrito Watson, con la ventaja de que las escuchábamos de primera mano, de alguien de confianza. Imposible no creerle. Nos sentíamos partícipes, casi que podíamos resolver el caso nosotros mismos. Otros días, el Coque, sentado en unos troncos bajo la sombra de un pino, nos contaba una nueva historia de El Pájaro Max y sus sobrinos. Todos ellos tenían características parecidas a las nuestras, pero en forma de aves. En cada nueva historia, el Pájaro Max y su bandada volaban enfrentando problemas plagados de acción y coraje. Cuando Sherlock o Max terminaban sus aventuras, el sol dejaba de ser peligroso y podíamos salir a jugar al patio.

El arte de narrar historias orales es tan antiguo como el lenguaje o el ser humano. Una de las evidencias de su tiempo son unos dibujos que utilizaban los aborígenes en Australia para recordar y orientarse a la hora de relatar una historia. A lo largo de la humanidad, narrar historias orales ha conquistado países, quitado, condenado y salvado vidas.

La narración oral parece simple porque es casi instintiva, pero es un arte difícil de perfeccionar. Cualquiera lo puede hacer, pero no necesariamente bien. Tal vez el mayor desafío sea la compleja conexión bilateral entre el narrador, que debe llegar al oyente a través de la historia, y, al mismo tiempo, el oyente pueda empatizar con el narrador a través de la historia. Para lograrlo, ambos deben nutrirse de la historia en común y de las reacciones y emociones del otro.

El que cuenta y el que escucha.

The Gentlemen, la última película de Guy Ritchie, fue la inspiración perfecta para escribir sobre esto. La película comienza con un misterioso personaje que se infiltra en la casa del protagonista y se prepara para contar una historia. La pantalla de la película (como un juego visual) modifica su ancho hasta acomodarse para mostrarnos esa historia, cosa que yo también hice: me acomodé para volver a escuchar una historia como cuando era niño.


La película se estructura en base a un relato oral recitado por un entrañable e inofensivo miserable. Durante dos horas, el personaje interpretado de manera excepcional por Hugh Grant, intenta extorsionar a Raymond, la mano derecha del mayor empresario del negocio de la marihuana. Fletcher, el extorsionador, relata sin parar la sucesión de hechos que ha estado espiando para convencer a su interlocutor de pagarle varios millones a cambio de no delatarlo.

Es interesante la relación que se da entre el narrador y el oyente, por cómo se transforma en una paradoja del relato: Ray, el oyente, es uno de los protagonistas de la historia y Fletcher, el narrador, es un simple espectador de los hechos que relata. Es decir, le está contando su propia historia a alguien que la vivió. Esta paradoja abre un sinnúmero de juegos formales y narrativos, como ver en imagen una acción apenas diferente a la que oímos en la voz del narrador, ver un mismo suceso desde dos puntos de vista, ver en imagen lo que es una exageración del relato, entre otros recursos que a lo largo de toda la película van sirviendo a la trama y permiten, al final, varios giros de guion muy entretenidos.

Las narraciones orales dentro del cine siempre me han apasionado porque rescatan la esencia primitiva del storytelling, pero al estar dentro de una película se transforman en una metanarración, en la que la cámara filma al relator y lo establece dentro de otro relato en un formato más moderno: el cinematográfico. Es fascinante ver y analizar el despliegue de recursos tan simples con los que se puede emocionar al espectador que, paradójicamente, tal vez requieran mayor complejidad, abstracción o actividad por parte de ese mismo espectador transformado en oyente.

En el cine hay muchísimos ejemplos de estos relatos orales. Desde películas de Godard y Chris Marker hasta las de los hermanos Coen o el inicio de Kung Fu Panda. Dentro de esa amplia gama, uno de los grandes maestros y más conocidos en este tipo de técnica, posicionar relatos orales dentro del cine, es Quentin Tarantino. Su primera película tiene un maravilloso tratado casi ensayístico de “cómo narrar una historia oral” donde se sientan las bases de la película de Guy Ritchie. En Reservoir Dogs, el policía interpretado por Tim Roth (Mr. Orange) aprende que el relato oral se hace interesante cuando los detalles lo hacen único, real y hasta visual. Y aquí Tarantino aprovecha el formato del cine para ejemplificar lo que la oratoria debería lograr: cuando el personaje llega a su mejor relato es cuando lo vemos en imágenes, incluso en cámara lenta. Vemos en detalle el baño apestoso, los policías, la saliva del perro, el viento del secador de manos... La narración oral ha penetrado en el oyente hasta convertirse en visual, auditiva, sensorial.

En The Gentlemen, basada en esa premisa, Fletcher cuenta tan bien su historia que nosotros, como espectadores, la podemos ver como una película (dato: el personaje del film también ha escrito un guion de película y lo ofrece como parte del trato). Guy Ritchie es un director con el que se puede empatizar o no, pero nadie puede negar que sea un maestro en filmar detalles visuales y sonoros, con los que ilustra la historia con la misma fluidez del habla. Aun estando en el primer acto de la película (donde se supone que solo se deben plantar las pistas) Ritchie y el relato de su personaje Fletcher son tan afilados en el arte del storytelling que la historia avanza con una velocidad y una precisión vertiginosa.

Un elemento fundamental para analizar la eficacia de un relato oral dentro del cine es el objetivo y su relación con el protagonista o con el punto de vista. En The Gentlemen, además de estar bien trabajado el texto, el recurso funciona porque el punto de vista empieza siendo del narrador (vemos lo que él relata por cómo lo vio) pero termina siendo del oyente (terminamos viendo la realidad que Raymond vivió y al final las cosas se develan cuando las vemos desde su perspectiva).

Hay otros ejemplos cinematográficos en donde el relato oral tiene entidad por su relación con el punto de vista y la relación bilateral entre narrador-oyente. Uno de los más reconocidos es el monólogo de Tiburón (Steven Spielberg, 1978), cuando Quint narra la tragedia del USS Indianápolis. La actuación y el momento del relato oral son claves para la potencia que tiene. A esta altura de la película, ya hemos visto lo aterrador que es un tiburón, entonces puede erizársenos la piel de solo imaginar a 300 tiburones rodeando a muchos náufragos a la deriva. Es decir, Quint llega a nuestras emociones a través de su relato; y, a la inversa, a partir de esa historia nosotros podemos entender, desde lo más profundo de su ser, su causa y convicción para enfrentarse de vuelta a aquel monstruo.

La convicción de Quint podría leerse como la de un Capitán Ahab en Amity Island. Esta analogía con Moby Dick me lleva al siguiente ejemplo: el monólogo de Orson Welles en la versión del clásico literario dirigida por John Huston. En aquella escena, Welles interpreta a un cura que narra la historia de Jonás, quien es castigado por Dios y debe sobrevivir dentro del vientre de una ballena. En la película de Huston, además de su interés personal en la religión, el relato oral se luce por cómo lo percibe el protagonista; Ismael no es un ballenero y, a medida que se acerca a aquella aventura, las cosas parecen deformarse para asustarlo: un cuadro de una ballena en un bar, los arponeros extranjeros, ambientes oscuros y, en este caso particular, el énfasis con el que el cura narra ese pasaje de la Biblia. A través del ímpetu del relato oral se transmiten los miedos de un océano incontrolable y de las bestias que allí habitan, tal vez solo controladas por Dios. Una vez más, esa relación estricta entre el narrador (en este caso religioso), la historia y el oyente.

En esa misma lógica, en 76 89 03, la película que habita este blog y de la cual Cristian está contando el proceso desde sus entrañas, cuando El Rey de la Noche narra eufórico la anécdota de su encuentro con Wanda, somos oyentes como los protagonistas. El relato se potencia en la actuación de Claudio Rissi y en la imaginación de nuestros protagonistas, quienes desde niños han soñado lo que escuchan. La perversidad de la imaginación, sin ver en imágenes la anécdota, potencia el descenso de aquellos amigos para cumplir su sueño.

Volviendo a The Gentlemen, la relación entre el que cuenta y el que escucha, es la excusa completa para estructurar toda la película. Al final, entendemos por qué Raymond, quien sabe mucho más de lo que se cuenta, se queda escuchando pacientemente al extorsionador. Es gracias a ese tiempo del relato y a ser un oyente activo que puede desentramar y engañar al propio narrador para salvar su vida y la de sus colegas.

La esencia, la historia.

Hace un tiempo, Netflix estrenó Springsteen On Broadway, una oda al relato oral de una sencillez magistral. Sin perder la entidad de película, durante dos horas, Springsteen se para solo en el escenario, como un juglar medieval, para contar y cantar su biografía. Es la materia prima de todo esto, cantar, hablar, rimar, son formas de lo mismo. En The Gentlemen, Ritchie homenajea al rap, donde son comunes las historias de vida cantadas con rimas. Allí un grupo de raperos cantan y filman para contar lo que hacen. Aun en las antípodas de recursos visuales, tanto en el show de Springsteen como en The Gentlemen podemos rescatar la importancia del texto y la palabra en una película. Sin importar el formato y qué tanto requiera de imágenes, el ejercicio de narrar oralmente su esencia es fundamental para rescatar, si se quiere, aquel aspecto primitivo del cine: contar una historia.

Uno de los grandes maestros que me dio el cine, Oscar Carballo, vivió sus últimos años en la habitación de un hotel. Un tiempo atrás, mientras dormía, se le prendió fuego el departamento completo. Se despertó justo a tiempo para salvarse, pero no tuvo tiempo de rescatar ni siquiera algún recuerdo del pintor Antonio Berni, para quien había trabajado, o alguna edición agotada de John Berger. Me contó luego que en el hospital, mientras lamentaba haber perdido sus libros, fotos y recuerdos, una amiga lo consolaba diciéndole que, de todas formas, él llevaba todos esos recuerdos ahí adentro, señalándole el cuerpo. Oscar sintió que tenía razón y dejó de estar triste. Se reconcilió con el hecho de vivir en una habitación de hotel en el barrio Monserrat, a pocas cuadras de las dos escuelas de cine donde daba clases. Allí giraba su vida. Las paredes blancas del hotel se fueron llenando de recuerdos: fotos que rescató o que le regalaban, revistas, imágenes. La última vez que lo fui a visitar me contó la historia de las fotos y de cómo las había acomodado narrativamente. Se extendían a lo largo de una pared desde su juventud (en una foto se lo veía abrazado a Lula Da Silva) hasta un rincón en el que había dos fotos juntas. La primera era una foto a color, de ambiente feliz, veraniego, él joven y sonriente al borde de una pileta, y una mujer que sonreía también. Al lado, otra foto contrastaba completamente: su departamento hecho cenizas, gris y negro, tétrico, era impresionante saber que había huido de ahí. Oscar, sentado al borde de la cama, me narró las historias de toda la pared y me contó que esas dos, que parecían tan diferentes, las había puesto juntas porque representaban los dos momentos en que había visto la muerte de cerca. La primera, me dijo, había sido sacada un minuto antes de saltar de clavado a la pileta. Me contó todo el accidente y cómo se salvó gracias a la mujer que estaba a su lado en la foto. En la segunda foto terminó su relato.


La habitación del hotel parecía vacía, pero estaba Oscar lleno de historias para contar. Utilizaba las imágenes de la pared para seguir un relato como los aborígenes en Australia usaban sus dibujos. Contaba historias que lo mantenían vivo como antiguamente a Sherezade o ahora a Raymond en The Gentlemen. Contaba historias estirando el tiempo como los relatos de mis tíos. Historias que siguen vivas. Porque, en definitiva, las formas pueden ser miles y seguirán cambiando: desde imágenes pegadas en la pared, podcasts, cine, música, teatro, pintura, comics, realidad virtual, videojuegos, animación y quién sabe lo que vendrá. Los formatos nacen y mueren, los narradores y los oyentes también, el sol de la siesta en algún momento deja de ser peligroso, pero también se oculta. Cuando nos llegue la noche, sólo quedarán vivas las historias.

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Imágenes: 1- El abuelo cuenta una historia de Samuel Albrecht Anker, 1884. 2 y 3- The Gentlemen de Guy Ritchie, 2019. 4- Grabado rupestre en la península Burrup, Australia, de los más antiguos del mundo.

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