El designio de los dioses


Cargamos en la espalda los errores de nuestros padres. Sus sueños no logrados, sus almas insatisfechas, sus búsquedas imposibles . De eso se tratan todos nuestros conflictos. Cargas que a su vez transmitimos generación tras generación. Irreductible e irremediablemente, adrede o muy a pesar de nosotros. De eso se trata el drama de la vida y de casi toda la obra de James Gray.

De los tortuosos mandatos que nos imponen e imponemos en base a kilómetros cuadrados de frustraciones y que algunos decidimos seguir pavimentando o romperlos con un mazazo.

El tema central , la preocupación por el mundo, la comprensión del drama de la vida y como este se mantiene a lo largo de un cuerpo de trabajo es lo que define el estilo de un director. Su marca. Su supuesta “autoría”. Termino que detesto con todo mi alma y que últimamente puede ser aplicado a una patisserie o a un taller mecánico.

Hamburguesas de autor. Tatuajes de autor. Cerveza de autor. Todo es arte y por ende en todo hay “autoría”. Putas mentiras.

Todo esta obsesión con el “auteur” se lo debemos especialmente a la critica y generalmente la crítica y solo la crítica es la primera que suele confundir este termino estrictamente con lo formal. Malentendiendo que lo autoral se puede detectar mas por la estética que por lo temático. Confundiendo históricamente forma y contenido y tendiendo a definir como “autores” a todos aquellos directores fácilmente reconocibles. Los decoradores de interiores les llamo yo. Tal es el caso de Wes Anderson, Tim Burton, Pedro Almodóvar, Peter Greenaway, Gaspar Noe, Lars Von Trier, Quentin Tarantino, Alfonso Cuarón, los hermanos Cohen, Aki y Mika Kaurismaki y el director coreano de turno.

Pero existen otro tipo de directores que no son detectados por el radar de los opinologos, y que por ende no son objeto ni del marketing del mainstream ni tampoco del seleccionador dedito de los festivales. Nunca dio chapa hablar bien de Lumet, ni de Frankenhaimer o de Pakula. Considerados simples artesanos por la inteligentzia estos directores así como James Gray han estado perdidos para ese radar de la mediocridad y el esnobismo que es la critica y los festivales.

De impecable ejecución. De una precisión extrema. De una comando narrativo absoluto y heredero de todo el gran cine norteamericano de los 70 , James Gray es quizás el director menos valorado de su generación.

¿James qué? Te responden cuando hablas de su cine.

¿Qué películas hizo?

Tan solo 7. Todas bellas y entre ellas 3 obras maestras.

Pero que es lo que hace que Gray no sea tan valorado como otros grandes directores de su generación?.

Que no se nota. Que jamas nos dice : “Acá estoy yo !!!”

A diferencia de Paul Thomas Anderson que en una escena de Punch Drunk love mueve la cámara de modo llamativo para expresar la soledad de un personaje y demostrar que el es el tipo mas virtuoso desde la puesta en escena o de Cristopher Nolan que trabaja cada película con extrema obsesión y cuyos trabalenguas borgianos son una marca registrada de su obra o de Tarantino y su colección onanista de pies femeninos y de monólogos brillantes, James Gray, en cambio, se somete a sus historias escondido, contándonos un cuento como nos lo solían contar Ford, Lumet o Lean. Utilizando lo mejor del cine según la ocasión porque Gray es un tradicionalista, un heredero del trabajo de otros directores. No hay una vocación o necesidad “autoral” o un sello formal distintivo como los barridos de Scorsese o las simetrías de Kubrick. Si alguna vez necesita alguno de estos recursos los toma y se sirve de ellos y utiliza las lecciones de todos estos maestros solo para poder narrar de la mejor manera cada una de sus películas.

Pero a no confundir a Gray con un artesano o un técnico. Todas sus películas están imbuidas de tragedia. Desde una historia de amistad degradada en “The Yards”, pasando por la muerte del padre en “We own the night”, el rechazo y el amor no correspondido en “Two lovers”, el sueño no cumplido de la tierra prometida en “The immigrant” o la muerte como destino final de la aventura en “The lost city of Z”.

Todas y cada una de las películas de Gray finalizan en decepciones, en destinos truncos e impensados. Por eso el cine de Gray esta ligado no solo a la herencia de los grandes directores americanos ( Coppola sobre todo ) sino también a un criterio helénico de la vida, a un pathos existencial, a la aceptación del sufrimiento como condena ineludible.



El final de “Two lovers” es quizás el mas claro ejemplo de esto: Leonard, un joven extraño e incomprendido intenta luchar contra el mandato de sus padres judíos y guiarse por el amor y por primera vez seguir lo que sus sentimientos le dictan : intentar ser feliz. Pero su amor no es correspondido y es rechazado para terminar ofreciendo el anillo en el que gasto todos sus ahorros a una joven a la cual no ama pero que obedece y satisface a los deseos de su familia.

Lo mismo sucede en “We own the night” con el personaje de Bobby Green también interpretado por Joaquín Phoenix. Bobby no quiere seguir la tradición policial de su familia, hasta se cambia el apellido paterno por el de su madre y elige el camino opuesto pero la violenta muerte de su padre lo obliga a transformarse en todo lo que no quiso ser. Muchos comparan a esta película con “El Padrino” pero Gray invierte el modelo de esta película y plantea que Bobby, el mas débil de los dos hermanos, es el hombre indicado, el elegido para llevar el legado de honor y bravura y no su hermano. Es como si Coppola en vez de haber elegido a Michael Corleone para ocupar el lugar del rey Lear hubiese elegido a Fredo como heredero.



En “the Lost city of Z” el lazo paterno es otra carga para el protagonista: el mayor Percy Fawcett, quien se ve obligado a iniciar una peligrosa misión al Amazonas para limpiar su apellido del turbio pasado de su padre. Acá el modelo que toma prestado Gray no es el de Coppola ni el de Herzog sino el de otro enorme cineasta no demasiado considerado : David Lean. Tanto en la escala de la película, la dimensión y grandilocuencia de los planos anamórficos: la puesta, así como en el contenido : hay una analogía directa entre Fawcett y Lawrence de Arabia. Los dos parten hacia otra cultura y terminan absorbidos y de alguna manera ; devorados por ella. También existe un retrato de la Inglaterra de comienzo del siglo XX que se asemeja al cine de Visconti, más precisamente a “El Gatopardo” pero luego la película se transforma en una de aventuras con tintes conradianos.

Como en toda la obra de Gray, en “Lost City of Z” también hay una historia padre hijo , de lazos rotos que se terminan componiendo con la consagración de la muerte. “Vamos a morir” le dice Jack Fawcett a su padre. “Tranquilo, eso no va a suceder, no es nuestro destino” le responde Percy mirando a su hijo como quien cuenta una mentira piadosa.

El final es de una tristeza inconmensurable, como casi todos los epílogos de la obra de Gray y contiene uno de los mejores planos finales que tenga una película en la historia del cine junto con The immigrant. Los reflejos parecen ser un leit motiv de sus películas.







Cuenta Gray que en verdad estaba en sus planes primero filmar “Ad Astra” y luego “Lost city of Z” pero las inclemencias del financiamiento hicieron que tuviera que trocar el cronograma de rodaje.

“Ad Astra” le llevo casi 10 años poder concretarla. Es su proyecto más ambicioso, menos comercial, más perfecto. Es el producto de años y años de búsqueda que tiene como resultado la concreción de un lenguaje y estilo único y personal. Por mas que en “Ad Astra” nuevamente surgen las comparaciones con Coppola; en verdad lo que Gray hace es adaptar “Heart of darkness” de Joseph Conrad y trasladarla al futuro. Ad Astra es el mejor ejemplo del viaje del héroe campbelliano. Todas y cada una de las etapas de la forja están brillantemente expuestas y a diferencia de Apocalipsis; el lazo entre el héroe y la misión no es profesional sino familiar .



La aventura es simplemente el re encuentro con el padre, con el sujeto del amor no correspondido.

El elixir aquí no es una espada, un santo grial o una ciudad perdida, sino simplemente un abrazo, un sentirse querido, un motivo para poder entender el por qué del abandono y la orfandad del protagonista. Es tan chiquita la historia que que muchas veces molesta a ciertos espectadores adictos a los clímax de Marvel Universe. Acá , por el contrario, para llegar a ese momentum que es el encuentro paterno filial, Gray nos sumerge en una odisea del tamaño de Kubrick pero con tintes homéricos. Ad Astra por momentos es una de guerra, de piratas, de amor, de acción metafísica y finaliza en un tercer acto de dos personajes perdidos en la inmensidad del universo. “Suéltame, déjame ir, déjame ir por favor” le dice Kurtz / Mc Bride a nuestro héroe que hará caso al ultimo deseo de su padre para luego, como un guerrero medieval, tomar un escudo y traspasar una barrera de asteroides hacia su nave y así poder lograr el retorno al hogar.

En Ad Astra el regreso del héroe a su aldea no es con el elixir deseado sino con algo mucho más valioso: la convicción de no repetir el error de su padre. El anhelo de poder concentrarse en lo único por lo que vale la pena vivir: amar. Y por primera vez Gray rompe con el destino trágico de todos sus personajes y evoluciona como lo hicieron los griegos hace miles de años. Logrando que por fin un personaje suyo pueda de una vez por todas vencer al designio de los dioses.

 

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©2019 por Cristian Mariano Bernard.

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