EPISODIO 1 : EL HOMBRE LOBO

Actualizado: 30 de jul de 2019




Nunca tuve ningún talento. Nunca me destaque en absolutamente nada. De pibe no jugaba bien al futbol, no bailaba bien, no era buen alumno, era muy tímido con las chicas, no tocaba ningún instrumento, no jugaba bien al tenis. No servía para absolutamente nada. Me acuerdo que una vez en el micro escolar que nos llevaba al campo de gimnasia un compañero mío se me acerco y con esa crueldad que caracteriza a los niños me dijo “vos nunca vas a llegar a nada”. La frase dicha por un niño de diez años todavía resuena en mi memoria a casi cuarenta años de distancia. Me persigue con cada fracaso, con cada rechazo, con cada golpe. Mi infancia a la que mucha gente supone ligera y acomodada fue triste y desoladora. Soy el melancólico resultado entre un comandante de Aerolíneas Argentinas y una hermosa valenciana que decía que era meteoróloga y a la que nunca vi ejercer su profesión salvo cuando desataba sus propias tormentas . Mi padre casi nunca estaba en casa, de los treinta días del mes solo estaba cinco dado que el resto del tiempo se encontraba en Roma, Madrid, New York o Los Ángeles. Recuerdo cuando llegaba a casa de estos destinos. A bordo de su uniforme de piloto cada llegada suya era una fiesta. Verlo arribar era una suerte de salvavidas para mi dado que mi vieja era muy severa y exigente con el colegio. Cada vez que sonaba el timbre y se abría la puerta del 2do piso de la calle Billinghurst 2574, veía a mi viejo quitarse la gorra con la insignia de un cóndor metálico. Era una imagen mítica digna de Ian Fleming y al verlo parado ante mi, aparte de admirarlo, yo solo le preguntaba: Que me trajiste?. Y ahí mi viejo cual mago con galera abría una valija cuadrada tatuada con todo tipo de calcomanías aeronáuticas y sacaba su conejo. Cada viaje era un conejo distinto . Cada conejo era un juguete y cada juguete equivalía a una recompensa por estar junto a mi mama durante sus ausencias. Jamas vi a mis viejos besarse, mucho menos abrazarse, y durante esas breves estancias de mi viejo en casa solo los escuchaba discutir. Mi casa tenía un pasillo larguísimo que no daba a ninguna habitación y desembocaba en un enorme living comedor. Todavía tengo pesadillas con ese pasillo. Y todas las noches mientras mis viejos me suponían dormido, yo escuchaba sus discusiones. Escuchaba a mi mama llorar y gritar y a mi viejo dar absurdas explicaciones. Eran peleas verbales, larguísimas e intrincadas y casi nunca llegaban a buen puerto. En cuanto sentía que daban la vuelta numero cien sobre el mismo tema : los celos de mi madre sobre una presunta amante de mi padre llamada “Florencia”, volvía corriendo a mi cuarto y me sumergía en la cama a hacerme el dormido. Un día mi vieja comenzó a arrojarle todo tipo de cosas a mi viejo y en un leve susurro conseguí darle un consejo : “… ándate papa”. Mi vieja alcanzó a escuchar la palabra y jamás me lo perdonó dado que al día siguiente mi viejo decidió hacerme caso y no regresar jamás. A partir de ese acontecimiento todo empeoró para mi. A partir de ese día me quede sin infancia. A partir de ese día fui padre de mi madre. Mi viejo en cambio, como si nada hubiera sucedido, me busco al otro fin de semana en su flamante Peugeot 504 ( auto que odio ) y con la misma facilidad con la que sacaba conejos de su valija de piloto me presento a la tal Florencia que tanto había negado en discusiones pasadas. Florencia, la nueva copiloto del momento , era un azafata bastante mas joven que mi madre y su sonrisa era mas falsa que la de un comercial de dentífrico. Al regreso de cada fin de semana con mi viejo y la tal Florencia, me veía sometido a todo tipo de interrogatorios por parte de mi madre. “Como se llama?. Es linda? Ya viven juntos? Cuantos años tiene?”. Y ante cada respuesta mía venía un rosario de insultos hacia mi padre y su flamante compañera. De día mi vieja estaba bien. De noche se volvía mala y yo no entendía el porque. Durante esa etapa mi abuela llego para quedarse unos días en casa, supongo que por consejo de algún tío o tía que se preocupaba por el estado mental de mi madre, y le pregunte por que pasaba esto. Por que de día mamá era buena y de noche mala?. Le comente si era como una película que había visto hace poco en la tele, una película en blanco y negro donde un hombre se transformaba con la sola aparición de la luna llena. Mi abuela, una madrileña curtida que había escapado de la guerra civil española junto a sus tres pequeños hijos y que había quedado viuda a poco de llegar a la Argentina, me miro a los ojos y con brutal honestidad me dijo “No hijo, tu madre toma todas las noches montones de whisky y lo mezcla con Valium porque tu padre se fue con otra”. Al terminar de escuchar a mi abuela supe que estaba en serios problemas. Que nadie me rescataría de ese infierno. Que los conejos ya no eran suficiente recompensa y que debía buscar con urgencia un refugio donde estar a salvo de la inminente tormenta que se avecinaba. Mi refugio contra ese huracán de orfandad y odio que azoto mi infancia se dio en una nueva dimensión, en un universo paralelo que por aquel entonces funcionaba a 24 cuadros por segundo. Allí estuve a salvo de todas las tristezas de mi madre, de todas las mentiras de mi padre, del colegio de mierda a donde habían decidido mandarme ambos, del eterno desarraigo que cualquier hijo de padres divorciados sufre y sufrirá hasta el último día de su existencia. A ese refugio le debo el haberme salvado la vida , pero también el haberme perjudicado en muchos aspectos. Esta es mi carta de amor y odio al cine. Y considero justo y necesario compartirla con todos aquellos jóvenes que están a punto de buscar resguardo en el .

https://www.youtube.com/watch?v=VAnkBQ7eWyc


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EPISODIO 2

“ENCUENTROS CERCANOS CON TODO AQUELLO QUE QUISE SER”

 

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