• Cristian Bernard

EPISODIO 11: “SPIELBERG PARK”


Yo nunca estuve embarazado pero créanme: sé exactamente cómo se siente un posparto. Había gestado ese corto durante muchísimo más de doce meses y cuando lo parí, la sensación de vacío fue monumental. ¿Y ahora qué más? ¿Qué venía? ¿Cómo seguía este juego? ¿Cuándo me iban a golpear la puerta para ofrecerme más proyectos? Los días pasaban y nadie respondía a estas preguntas. Para colmo ya había abandonado la FUC y experimentaba una sensación de vacío enorme.

Un día, en medio de todas esas preguntas, mi amigo Martín Jacovella, me llama desde Los Ángeles y me dice: “Venite a California, estoy estudiando cine en Los Ángeles, venite que tengo muchos contactos y movemos el corto”. Con Martín había codirigido mi primer cortometraje y, si bien el resultado no había sido bueno, quedamos muy hermanados por ese evento. No tardé ni un segundo en decidirlo y embarqué en un vuelo de Aerolíneas Argentinas como SUBLO junto al protagonista del corto, mi amigo César Orfali.

Cuando llegamos a L.A. estaba Martín esperándonos en el aeropuerto. Yo había ido de muy niño a esta ciudad y no me acordaba de nada. La primera impresión que tuve fue de hostilidad. Un sinfín de autopistas y nosotros atrapados en una de sus famosas rush hour, dignos de un cuento de Cortázar. Al lado de nuestro auto había uno tuneado con la música a todo volumen y varios muchachos con pinta de raperos en su interior. Lo primero que me dijo Martin fue: ¡No los mires! Si los mirás pueden sacar ametralladoras y cagarnos a tiros. Me aclaró que eran gangs. Así de amable parecía esta ciudad a fines de los 90. En el horizonte se veía una densa línea difusa y la luz del atardecer le daba a todo un extraño tinte amarillo. Martín me advierte que esa luz no es normal, que algo raro está por acontecer. La verdad, mucha bola no le di. Martín solía tener una onda espiritual que yo no compartía. Sobrino de Ludovica Squirru, creía (y calculo que sigue creyendo), en una filosofía hinduista. Yo siempre fui medio chanta con ese tipo de cosas. Ojo: no soy ateo. Tampoco soy agnóstico. Creo en Dios cuando me conviene. Le rezo cuando quiero algo a cambio y lo maldigo cuando no lo consigo. La mayoría de las veces me cuesta creer en él y estoy convencido de que si realmente existe es un grandísimo hijo de la re mil puta. Explíquenme si no, por qué siempre le va bien a los malos en este mundo. Mi teoría se convalida y reafirma con el Holocausto, con las dictaduras, con las catástrofes humanitarias, con los abusos sexuales de curas a menores, con cada niño que muere de hambre y con que el 1 % de los ricos posee el 82 % de la riqueza del mundo. Déjenme decirles que si Dios existiese, estoy seguro de que es el diablo. Eso no quiere decir que no crea en el bien y en el mal. Pero Dios no está en mi liga de superhéroes. De la muy probable posibilidad de que dios sea el diablo trata mi próxima película “Bajo tus pies”. “Dios es el diablo”, le advierte uno de los personajes a la protagonista de mi próxima película… Volvamos a la tierra de Los Ángeles. Sin avisarnos a dónde íbamos, Martín encaró para la zona de Burbank, donde están los grandes estudios de cine. Imagínense para un flaco amante del cine, llegar y ver todas las fachadas de esas fábricas de las películas que me habían iluminado a lo largo de veintipico de años. “¿A dónde vamos?”, le pregunté a Martín. Con una sonrisa entre dientes me contestó: “Ya vas a ver”.

Y lo vi. Unos portones enormes y un letrero gigante anunciaban que estábamos en el umbral de UNIVERSAL STUDIOS. No los del tour para la gilada. Eran los portones reales de la verdadera factoría de todas las películas que habían iluminado mi vida. Martín detuvo el auto en una de las garitas y bastó que dijera “Voy a una filmación”, para que el tipo de seguridad le abriera la barrera sin chistar. Mientras recorríamos las calles internas de los estudios volví a preguntarle a Martín a dónde íbamos. Seguía diciendo: “Ya vas a ver”. Ahí nomás paró el auto frente a una casa, una suerte de chalet estilo mediterráneo que se parecía al rancho de Manolito del Gran Chaparral. En la entrada había un cartel que rezaba “Amblin Entertainment”. Martín bajó del auto y los tres rodeamos el lugar. Estaba cerrado. Al llegar al estacionamiento, Martín me señala un punto. Era una cochera. Sobre el asfalto había un nombre pintado: Steven Spielberg. Cuando me acerqué me arrodillé y creo que me sacaron una foto medio pedorra que nunca pude encontrar. Había llegado a mi única tierra santa. Era la cochera del único dios bueno en el que creía. El Mesías que me había salvado de las garras de la mujer hombre lobo. La deidad que me había rescatado de mi puta infancia y le había dado un sentido a mi vida: hacer cine y salvar a otros pobres pibes como yo de la cruel realidad de otras madres borrachas. A Steven Spielberg le debía todas las razones de no haber agarrado la Browning reglamentaria de mi viejo y volarme los sesos en un baño. Spielberg me salvó del saqueo de mi niñez y me la devolvió en leves pero hermosas cuotas cinematográficas todos los diciembres que se estrenaba una película suya. A Spielberg le debo el no haber tomado merca cuando muchos de mis amigos caían y morían rendidos a sus pies y, por sobre todas las cosas, le debo mi profesión (aunque también lo responsabilizo por todo el sufrimiento que esta me causa). Como sea, para mí ese santuario era más que el Vaticano, la Meca, Shangri La, el monasterio del Dalai Lama, el baño de Sai Baba o una caverna del Uritorco. Al lado de esta sagrada cochera yacían las cocheras de Robert Zemeckis, John Landis y otros apóstoles que trabajaban en la factoría de mis sueños. Esa fue la vez que más cerca estuve del dios Spielberg. Después de besar suelo sagrado nos fuimos a la filmación en cuestión. Creo que era una serie donde laburaba Angela Lansbury y el rodaje se daba en las típicas calles de estudio. Un amigo de Martín laburaba en el equipo de filmación con un carrito de café. El flaco era compañero suyo de clase en el Art Center. Laburaba de cafetero y hacía contactos con los ejecutivos y agents de Hollywood mientras les servía lattes y donuts en los rodajes. Un personaje típicamente angelino. Estuvimos un rato viendo el rodaje y luego partimos hacia la casa de Martín ubicada en North Hollywood. Martín vivía con 5 roommates, todos actores y guionistas que estaban probando suerte en la meca del cine. En ese sentido, Los Ángeles es fascinante. Cada camarero, camarera, barman, cocinero y pintor de broche gorda que te encontrás se jacta de ser artista. Si contratás un plomero en L.A., seguro que saca un guion de la raya del culo al aire. Todos son potenciales directores, actores y guionistas. Todos están luchando por hacerse un lugar en esa ciudad que vive para y por el cine. El dueño de casa, también potencial estrella de Hollywood, nos recibió con cierta distancia. Me parece que no le hizo ninguna gracia que Martín invitara a dos sudacas a su casa. Nos hospedó a la fuerza. Esa noche, mientras dormíamos, comencé a sentir algo extraño. Una suerte de rumble que parecía ser el audio de un sueño. Mi cama comenzó a moverse como la de Linda Blair. Me desperté pensando que era un sueño o que César y Martín me estaban haciendo una joda, algo muy usual en ellos. Pero, al abrir los ojos, descubrí que toda la habitación se mecía como una cuna. Era de madrugada y estaba solo. Lo más impresionante era el sonido de reverberación de la tierra sumado a la madera de la casa crujiendo. El televisor de 40 pulgadas con el que me había ido a dormir estaba volcado en el piso. Estaba claro. Se trataba de un terremoto y su rugido parecía no terminar más. Fueron 45 segundos eternos. Salí corriendo del cuarto y me topé con Martín y César que me gritaban que me quedara abajo del marco de la puerta. Ellos estaban bajo el marco de otra. Nunca en mi vida había experimentado la sensación del fin. De que todo se termina. De que no somos absolutamente un carajo. No hay peor cosa que la pérdida de equilibro, que saber que el piso donde estás parado se pueda abrir. Al cabo de unos segundos la tierra dejó de rugir. Martín nos guio hacia la salida de la casa. En la vereda, un mundo de vecinos en pijamas y camisones. Todo era una locura: parecía que estuviéramos habitando una verdadera película de mi dios Spielberg. Éramos los vecinos en pijama esperando ver un ovni de Close Encounters con la única diferencia de que lo único que aguardábamos nosotros era el Big One, es decir, el grand finale. Ahí nomás nos subimos al auto de Martín y empezamos a recorrer las calles de Los Ángeles. Autopistas caídas, edificios rajados y algunos derrumbados, calles con pavimentos deformados como fuelles de un bandoneón y toda esta devastación acompañada por la voz de un locutor de radio que narraba con dramatismo los efectos y consecuencias de lo que acabábamos de vivir. Parecía mi corto “Encuentros Lejanos”, salvo que en este caso era todo real. Martín lo había predicho el día anterior, cuando percibió ese extraño cielo de tinte amarillo. Al regresar a lo de Martín, el dueño de casa, totalmente desbordado por los destrozos que acababa de sufrir en su hogar, decidió echarnos a la mierda. Estaba en su derecho, yo hubiese hecho lo mismo. Así son los americanos”, dijo Martín. Y a los pocos minutos estábamos buscando un hotel donde alojarnos. La mitad de los hoteles de Los Ángeles estaban repletos de gente en nuestra misma situación o rajados en dos y, por ende, clausurados. Los Ángeles, y más precisamente Santa Mónica, era un caos. Conseguimos lugar en un motel de mala muerte digno de un relato de Sam Shepard y, una vez instalados allí, intenté llamar a mis viejos para tranquilizarlos. Todas las líneas de teléfono estaban rotas. Recordemos que en esta época no existía Internet ni e-mail ni WhatsApp, solo teléfonos públicos que en este caso no andaban. Durante dos días lo único que quería era escapar de California. La estaba odiando con toda mi alma. Además, lo peor de un terremoto no es el terremoto en sí, sino los after shakes, es decir, los reacomodamientos del suelo que hacen que salgas corriendo al menor indicio de temblor. Pero, como todo en USA, show must go on. Y tan solo a dos horas de un terremoto 7 en la escala de Richter, la ciudad comenzaba a moverse como si nada hubiese sucedido. Estados Unidos es una máquina de negocios tan inmensa que nada la detiene. Ni siquiera el Apocalipsis. Porque, créanme, yo experimenté un apocalipsis de 45 segundos más 7 after shakes tan o más aterradores que el gran evento. Esa misma tarde, Martín llamó a la universidad para ver si había clase y le dijeron que por supuesto que sí. La edificación del Art Center College of Design está ubicada en el medio de un valle de montañas. Su estructura está montada sobre unos cimientos con ruedas, por lo tanto es capaz de soportar movimientos telúricos sin sufrir los daños de un edificio convencional. Me acuerdo que Martín puteó diciendo: “¿Te das cuenta? Acabamos de sufrir uno de los terremotos más importantes de las últimas décadas y para estos tipos todo sigue igual. En otro país habría asueto por tres días pero acá nada. El día del fin del mundo y siguen como si nada. ¡No puede ser, no es normal!”. Esa misma tarde, acompañamos a Martín a sus clases y recorrimos la escuela de diseño. Allí estaban los mejores futuros diseñadores de autos e indumentaria del mundo. Creo que en aquel entonces Sofía Coppola estudiaba cine con él. Había alumnos de todas las etnias y, sobre todo, muchísimos estudiantes de origen chino que el gobierno comunista mandaba a formar en las diferentes carreras. A simple vista, la escuela era imponente y Martín se sentía feliz. Pero en el camino de regreso, nos contaba lo duro que era vivir en una ciudad tan fría como L.A., donde todo es contactos, las fiestas indicadas y lobby. No hay universidad que te enseñe eso y el cine es 30 % arte y 70 % contactos, fiestas indicadas con las drogas indicadas y lobby, muchísimo lobby o pasillo, como alguna vez me dijo Antín. En ese mundo de contactos Martín se movía muy bien. Era canchero, recoleto, delirante, culto y bastante pintón. Una suerte de Pierce Brosnan con la inestabilidad emocional de un pibe criado con los vaivenes de las hiperinflaciones argentas. En esos años había conseguido buenos contactos, entre ellos, una amistad con David Koepp, guionista de Jurasic Park y Carlito´s Way. También tenía relación con algunos productores indies y en esa suerte de gran pasillo de lobistas consiguió una reunión con dos productoras americanas ávidas de escuchar proyectos de cineastas jóvenes. Tenía que hacerles un pitch de cinco minutos sobre mi proyecto de largometraje. Había visto como lo hacían en la película The Player de Robert Altman, y la sola idea de tener que narrar algo interesante y bien articulado en inglés me daba pavura. “¡No tengo la más puta idea de qué contarles, Martín!”, le dije. “No importa, vos inventales algo, lo primero que te venga a la cabeza”, me contestó, como si fuera tan fácil como contar un par de chistes en un asado. Y así fue. A los dos días estábamos teniendo una reunión en un café muy chic de Beverly Hills. Y ahí estaba yo, “pitcheando”, cuando no existía todavía esa palabra en Argentina. Las tipas eran las típicas productoras de cine americanas. Sofisticadas, muy pero muy snobs y riéndose de la revista Gente de Argentina donde aparecían rubias teñidas que querían ser como ellas. Así me lo hicieron saber. No paraban de hablar de lo último. Y lo último, en aquel entonces, era un pibe de apellido italiano llamado Quentin. Las dos habían asistido al prestreno de “Reservoir dogs” y no paraban de decir Amazing!!!, Huuuuuuuuge!!! y todo tipo de onomatopeyas dedicadas a halagar la película de este nuevo director que según ellas era el nuevo dios. No mi dios sino el de ellas, al que todos debíamos seguir. Me hablaban de Quentin con la misma fascinación que Julio Chávez hablaba de Favio pero con menos pausas en el medio. Daba la impresión de que en ese momento, en el mundo de Hollywood, solo existía Quentin y el resto eran un montón de falsas deidades. Así de resultadista es el cine. Así de pasatista es Hollywood, pregúntenle a Michael Cimino si no. Luego de la oda a este joven genio que, al parecer, venía a cambiarlo todo, llegó la hora de recitar mi pitch. Debo reconocer que fue un verdadero desastre. La idea era pésima. Les conté algo que se me había ocurrido unas horas antes en la ducha. Una idea que ni siquiera recuerdo demasiado, una excusa para ver si Hollywood aceptaba a un joven sudaca en el medio de la fiebre pandémica por Quentin “monólogo eterno” Tarantino. Por supuesto, al mejor estilo americano, me escucharon, fueron suma y extremadamente polites y no dijeron ni mu sobre el disparate que les había contado. Simplemente me dejaron hablar. Luego me retiré apuradísimo rumbo al aeropuerto con la sensación de que estaba viviendo en el tiempo equivocado. Comenzaba la era Tarantino y yo, enfermo fanático de mis héroes de los 80, estaba totalmente demodé antes de empezar a desfilar por ese pasillo frívolo, resultadista y cambiante que era y sigue siendo el mundo del cine. Al subirme al avión me dije a mí mismo: nunca voy a volver a esta ciudad. Y así fue. Nunca más regresé a L.A. ni tampoco pude conocer a Spielberg.

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