• Cristian Bernard

EPISODIO 13: ME PARECE QUE TE EQUIVOCASTE



Para el año 1998 ya se había estrenado el Historia Breves 1 y un año después Pizza Birra y Faso. Los críticos dictaminaron que esos fueron los eventos que marcaron el inicio de una nueva etapa del cine nacional. Lo bautizaron por decreto “nuevo cine argentino” y señalaron a dedo quienes serían los autores y quienes no de ahí para adelante. Eran los elegidos de la revista el Amante y su sequito de amiguetes en Clarín y los grandes medios gráficos y cualquier otro que no estuviera allí sería mirado con desconfianza, con desdén, de coté, al paso, de compromiso, para el descarte.

Eran los que la “inteligentzia” de la crítica apoyaría a lo largo de todas sus carreras hiciesen lo que hiciesen. Porque créanme, no exagero, una vez que estás bendecido por este selecto club podes filmar a un enano vuelta carnero comiéndose los mocos durante dos horas en una parada de colectivo y van a decir que es un tratado sobre “la alimentación durante la infinitud de la espera. Esto era lo que el establishment quería para su reemplazo. La contemplación, el retrato. El no conflicto.

Curioso. O mejor dicho sospechoso.

En el medio de esta oleada de nihilismo narrativo el cual después se transformaría en un festival de “siestas narrativas”, no miento les juro que las catalogaron de ese modo, que no tenía un carajo a la vela que ver con el cine que yo quería hacer, estaba mi vida totalmente desdibujada en una suerte de ficción de escritor maldito, fumado y por que no desconcertado. No sabía para dónde disparar. En un cajoncito me quedaban apenas 200 dólares y no vislumbraba ningún horizonte demasiado luminoso. Mis dos voluminosos guiones eran pura pretensión e imposibles de llevar a cabo. Debo reconocer que tampoco eran gran cosa. Estaba perdido en un mar ambiciones superfluas y pensándome a mi mismo totalmente fuera de escala. Odiaba al mundo del cine que no me venía a golpear la puerta para buscarme y sobre todo al mundo de la publicidad que me había pegado un shot en el ojete con una indemnización con fecha de vencimiento.

Pero nada dura para siempre. Ni lo bueno ni lo malo. Y gracias a dios una tarde mientras volvía de pasear a mi querido perro Wolfi, volvió a sonar el teléfono en mi casa. Del otro lado, Flavio Nardini me hacía la siguiente consulta:

¿Conoces algún asistente de dirección bueno que pueda arrancar a laburar ya?.

Yo - fue mi respuesta desesperada.

¿Pero si vos odias la publicidad? - replico Flavio.

Pero me están comiendo las ratas - respondí.

Okay, arranquemos mañana, pero te digo algo, yo no suelo laburar con amigos, probemos como funciona y veamos, te parece?.

Y al otro día comencé a laburar para Flavio. Era un comercial creo de pastillas o de la revista Billiken y estaba protagonizado por niños. La productora se llamaba Film Planet y era una sucursal de una importante productora brasileña. Quedaba en pleno Palermo cuando Palermo comenzaba a pretender ser Hollywood. La voy a hacer corta: el primer comercial fue un desastre para mi. No porque no le pusiera voluntad o garra, pero fallé en algo básico y esencial que fue no haber ido a la prueba de vestuario. Estaba tan ensimismado en tantas cosas que delegue esa instancia y cuando llegamos al rodaje todos los niños tenían la ropa uno o dos talles mas chica o mas grande, no recuerdo bien. Por supuesto la agencia le tiro la bronca a Flavio y por carácter transitivo el a mi con justa razón. Y me hice cargo, cosa poco usual en esta industria. Probemos una vez más - me dijo y yo sabía que ese era mi ultima oportunidad en el medio. Si volvía a fallar en alguna área me tendría que dedicar a otra cosa. Muy probablemente a la venta de autos, laburo al que se dedicaba mi viejo por aquel entonces. Por esa misma razón fue que puse lo mejor de mi, toda la dedicación y hasta por momentos sobreactué compromiso.

Creo que en este comercial fue donde me recibí de asistente de dirección.

Hay un momento en la carrera de un AD, sobre todo en sus comienzos, que es lo que yo le llamo “el instante para la recomendación”. Es ese momento donde todo el equipo te mira y te ganaste o no el próximo laburo. Una viñeta del comercial transcurría en los lagos de Palermo y el día de rodaje, al llegar ahí, había que poner la cámara en el medio del lago. En aquel entonces, calculo que ahora también, el agua de los lagos de Palermo era putrefacta y largaba un hedor similar al de la Panamericana altura Wobron. Armamos un bote de goma para que llevara al DF con la cámara y al asistente, pero no había remos. Cuando se pidió que algún voluntario transportara el bote hacia el medio del lago no hubo ningún valiente. Ahí nomas agarré y sumergí medio cuerpo en ese viscoso espejo de semen de mandriles sifilíticos, moho y escherichia coli y agarré la soga para remolcar el bote con el gran Daniel Sotelo abordo. Mientras lo hacía sentía que mi pene era tomado de rehén por miles de bacterias, garrapatas y mojarritas leprosas y que toda mi virilidad se desintegraba en ese charco de putrefacción. Una vez realizada la toma, a mi regreso de la tóxica epopeya recuerdo las miradas de incredulidad y hasta palmadas y felicitaciones de mis compañeros. “Este pibe es bueno” le escuche decir alguien. Créanme, cuando escuchen esa frase en algún rodaje es porque están por arrancar la carrera. Ese fue el instante de mi bautismo como asistente de dirección, pero sobre todas las cosas fue lo que sello el inicio de una sociedad de laburo que se extiende hasta el día de hoy con mi amigo Flavio Nardini. A partir de esto fuimos inseparables y comenzó una comunión creativa que se acrecentaría con cada comercial.

Contrario a Raúl García del Morro, Flavio era sumamente generoso y me daba mucho lugar en lo creativo y si tomaba algunas de mis propuestas luego en las reuniones de agencia no escatimaba en aclarar que habían sido aportes míos. Parece una obviedad, pero no lo es. En este medio miserable y de narcisistas lo de Flavio era una excepción. Un verdadero milagro.

Cada vez que salía un comercial Flavio me llamaba y me invitaba a “cranearlo” con el. Durante esa primera etapa en Film Planet comenzó a conformarse un equipo que luego sería inseparable y que terminaría siendo el grupo de técnicos con los que apenas un año mas tarde haríamos nuestro bautismo de fuego cinematográfico. Mi querido Dani Sotelo, el enorme Jorge Sarudiansky alias “Saru”, Orlando “Orly” Rodríguez, Pablo Racioppi, Pablito Valerga, Giselle Peisojovich eran parte del staff con el que Flavio solía trabajar. De ellos aprendí casi todo lo que se de rodaje, de trabajo en el terreno.

De Saru, quizás el mejor director de arte que tuvo nuestro cine, aprendí que un decorado es el alma de un personaje. Una vez me dijo “Cristian; la casa de un pelotudo es una casa pelotuda, sin ninguna lógica en la distribución de sus ambientes o en la disposición de los muebles y en su gama de colores”. Saru era de otra época. Un “distinguido”. Una suerte de noble del cine. Cuando caminaba parecía que anduviera sobre rueditas. Flotaba con su cabellera rubia y un Benson larguísimo que parecía no terminar nunca. Cada rodaje con el era una clase de distinción y cultura. Arquitecto y dibujante extraordinario, sus bocetos de decorados para comerciales eran verdaderas obras de arte para llevarlas y enmarcarlas en la casa de uno. Era un disparate que un tipo como el se ganara la vida haciendo comerciales. Cada vez que le mostraba un guion de publicidad me miraba fijo y me decía -“Muy lindo flaco, pero decime cuando viene la pelotudez porque esto siempre termina en una pelotudez”. ¡¡¡Que genial Saru !!!.

Luego estaba Dani Sotelo, un verdadero special forces de la dirección fotografía. Dani era un obsesivo, un fanático de los chiches, el mismo se había fabricado su propio fotómetro y tenía un tallercito con todas sus innovaciones técnicas. Se vestía de negro con ropa de comando para evitar los reflejos. Yo lo amaba a Dani, pero muchos le temían, era un tipo bravo en rodaje. Al principio me pareció un histérico hinchapelotas, pero con el tiempo me di cuenta que exigía a los demás lo mismo que se exigía si mismo. Desde lo artístico era igualmente de asombroso lo que hacía. En publicidad, muchos productores no lo querían y lo tildaban de derrochón porque pedía siempre muchos kilos de luz. En secreto Dani me decía - “Pido mucho porque acá tenés que mostrar circo, el día que a un cliente le pones un solo fresnel se queja por lo pobre y vienen, te tiran de los huevos y después llaman a otro”. Y en cierto modo tenía razón. Ojo, Dani podía llenar un estudio con mas luces que un estadio, así como también podía iluminar una escena con una sola vela. Ya hablaré de eso mas tarde.

Uno de los tipos mas valiosos que conocí en este periodo es Orlando Rodríguez. Orly, como solíamos decirle, fue un maestro para Flavio y también para mi. Había tenido su propia productora y en este momento se dedicaba a la realización de decorados y efectos especiales. Era y calculo que lo sigue siendo, un tipo habilísimo con las manos. Muchos de los utileros de esa época eran discípulos suyos. Un verdadero maestro que tenía un solo problema: su carácter. Era muy carbón y cuando entraba a un estudio era una topadora que podía silenciar a cualquier que se las tirara de experimentado. Además, siempre le gustaba agarrarse con alguien distinto en los rodajes. Pero vaya a saber por que razón, la onda que hubo entre nosotros fue instantánea e inmensa. Si le caías bien, “Orly” era el tipo mas bueno y generoso del universo. Si le caías mal era preferible el exilio a trabajar con el. Pero si le caías en gracia era un libro abierto en ese océano de mezquindad y misterios que es nuestro medio cinematográfico. Todo lo que se de lentes lo aprendí de el y de Dani Sotelo. Como dos buenos cabrones se llevaban pésimo entre ellos, pero los dos hacían siempre un esfuerzo para no pelearse en pos de laburar con Flavio.

Luego estaba su hermano Wilson Rodríguez, en ese entonces segundo de cámara, y realmente una de las mejores personas que conocí en este medio. Además, Wilson era otro virtuoso con las manos, de hecho le dicen “Viru” por su supuesta capacidad para trabajar la madera. Material que odiaba con toda su alma. Wilson era y es un resolvedor nato. Si fuera a filmar a la Antártida o al Sahara y tuviese que llevar a un DF iría con el. De hecho ha trabajado conmigo en Dominicana numerosas veces. Wilson era y es como una navaja Swiss Army . Talentoso y multiresolvedor.

En el área de producción estaba Daniel García que era nuestro productor de campo. Un tipo súper calmo que luego de cada rodaje nos llevaba a tomar un café para ver cuales habían sido los aciertos y los errores durante el proceso. Yo lo conocía a Dani de la horrenda época de “Morgan Caraballo” pero lamentablemente nunca me toco trabajar con el como jefe de producción. Daniel estaba de vuelta, le chupaba todo un huevo y tenerlo como productor era muy relajado. Lo mas importante para Dani era hacer bien el trabajo y luego irse a morfar con sus compañeros para hablar de la vida. El cine si bien le gustaba le importaba poco y nada. Muchos años después nos volveríamos a encontrar, pero eso también viene mas tarde.

Todos los compañeros que acabo de nombrar y otros como Pablo Racioppi, Roberto Ponce, Pablito Valerga entre otros integrábamos una familia muy unida y un grupo de amigos hermoso. Nos divertíamos mucho filmando. Éramos como los lunáticos de la película Mash. Reos absolutos en una productora donde todo era “orgánico”, “net”, “minimal” y “fashionista”. Nosotros éramos los grasas, los indeseables, los deformes en un mundo aspiracional donde tan importante como tu talento es el color de pelo o las zapatillitas que lleves puestas.

Era muy gracioso ver a Flavio entrando a esta productora palermista con su típica camiseta de Racing gritando y cantando al ritmo de “la Acade, la Acade, vamo la Acade !!!.”

Eran épocas de mucho laburo, pero cada tanto había un parate. Por supuesto nadie estaba fijo. La época de estar fijo en una casa productora se había terminado hacía tiempo, salvo para las telefonistas. Por lo tanto si había un parate uno tenía que buscarse laburo en otro lado. A mi la verdad que no me gustaba la idea pero no me quedaba otra. Yo no era hijo de millonarios, no podía dedicarme solo al cine. Tenía que pagar cuentas. Fue entonces que me fui a laburar como segundo de dirección para otra casa productora. En verdad no recuerdo el nombre de esta pero si al director. Un uruguayo que se llamaba Alejandro Ceballos. Era un comercial de Quilmes que se rodaría íntegramente en la playa. Tres días de rodaje en una producción enorme bajo el mando de Agulla-Baccetti, los dos popes creativos de ese momento. El director parecía bastante normal fuera de rodaje. Sumamente cordial diría.

La locación eran las playas de Ostende. Una localidad balnearia del partido de la Costa. El lugar donde parábamos era un hotel tradicional totalmente restaurado y la verdad que el clima previo a la filmación fue muy bueno. Buena comida, buenos compañeros, buenas habitaciones para dormir.

Al otro día, todo comenzó muy temprano, como cualquier rodaje, y la verdad que la logística de producción era bastante compleja. No hay nada peor que filmar en la arena. El mínimo pedido podía demorar media hora hasta llegar a la base donde estaba todo el equipamiento y llevarlo al lugar donde estuviésemos rodando. La asistente de dirección, Fabiana Castaño se movía con muchísima destreza de acá para allá dando indicaciones precisas a todo el equipo. Pero había un problema. El director no se movía del video assist. Pertenecía a esa especie de directores que yo llamo “los televidentes”. Y así fue como Ceballos desde su confortable gazebo con su Handy y una pared de monitores, lo controlaba todo y nos daba las indicaciones a los gritos a Fabiana y a mi. ¡¡¡Corran esto, muevan lo otro !!!. Todo lo agradable que había sido el día anterior parecía haberse evaporado con el calor que comenzaba a impactar a lo largo del día. El tipo no paraba de putear por el handy a todo el mundo y lo peor de todo es que jamás se acerco a ninguno de las modelos para decirles nada (en este tipo de comerciales no suelen haber actores). “Mové a esa pelotuda, corré a ese pelotudo, decile a ese pelotudo que no ponga cara de pelotudo, que la boluda esa mueva mas el culo, que baile con mas alegría, alegría, alegría pelotudaaaa! Que ponga cara de alegría!!! Que se ría mas!!! No tanto, no tanto, no, no, no, noooooooooooo así no pelotudo, ¡¡¡asiiiiiiiiiiiiiiií!!! - gritaba Ceballos a viva voz. Y en el medio de toda esa colección de puteadas treinta modelitos movían sus culitos al aire, bebiendo cervezas como si fueran pijas y bailando al son de un reggae horrendo mientras un helicóptero las filmaba desde el cielo y yo y Fabiana corríamos de acá para allá entre las tres cámaras que filmaban desde tierra y aire este festival cervezal de felicidad, ojetes y gente linda y sobre todo blanca. Porque en nuestra publicidad siempre hay gente blanca y bien europea. Era el clásico comercial de verano de cerveza y era muy gracioso porque para Ceballos era como estar filmando la escena de las Valkirias de Apocalipsis y el se parecía al Coronel Kilgore gritando e impartiendo ordenes absurdas a todo el mundo. En un costado estaba la “agencia”. La agencia y el bendito “cliente” en un gazebo VIP que parecía la toldería de Kadafi y sus amantes. Y allí estaban todos los jefes de producción y dueños de productora sirviéndoles juguitos, masitas, canapés y dándoles masajes y chupándole las medias a Agulla y Baccetti y al cliente que bailaban al ritmo del jingle estilo reggae (odio el reggae) que sonaba a toda maquina desde los parlantes que servían de playback al comercial. En el medio de toda esta escena dantesca tuve una epifanía. Todos esos culos, toda esa gente blanca y linda, todos esos creativos, todas esas puteadas de Cevallos, toda esa falsa alegría marca Quilmes se detuvo por un instante y en eso a un costado mío, pasaba un cazabombardero Mirage Dagger rasando el mar como una flecha supersónica.

Zzzzzzzzzzzzzzzzaaassssssssss!!!

Y yo, con tres handys colgados, una mochila atiborrada de cosas y vaya a saber cuantas carpetas en la mano, paneaba con mi cabeza el recorrido de ese espejismo real y supersónico a toda velocidad. Y en esos nanosegundos me replantee toda mi vida mientras una vocecita interna me refregaba lo siguiente …

VOZ INTERNA (en off)

¿Que haces acá Cristian?

¿Por que no estas volando como tu abuelo, como tu viejo, como este tipo ahora.?

Todos ellos fueron guerreros.

Libres de los gritos de un mediocre pelotudo filmador de pelotudeces.

Libres y levantando olas a Mach 3.

No creo que lo hubiese aguantado , no tolero las ordenes y mucho menos el maltrato - me respondí a mi mismo. Y en esos pocos nanosegundos que duro el cruce del caza bombardero la voz de Ceballlos volvió irrumpir en la escena.


CEBALLOS ( Gritando como un loco )

Correte de ahí, estas en cuadro pelotudoooo !!!


Y mientras veo que Ceballos gesticula como un loco para que me corra del eje de una de sus cámaras, me sentí el tipo mas pelotudo de la galaxia. Y por primera vez desde que me dedicaba a esto llamado “cine” sentí que la vocecita en mi interior sentenciaba lo siguiente: “Me parece que te equivocaste”.

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