• Cristian Bernard

EPISODIO 14“Un cohete a la luna” (Corrección Mariana Zarnicki)

Actualizado: ago 17


Chica

¿A qué te dedicás?

Yo

Trabajo en cine.

Chica

¡Ay, qué divertido!

Yo

No, no es divertido.

Chica

¿Cómo no? Debe de ser muy creativo.

Yo

No. No lo es. Es tortuoso. Los rodajes son aburridos. Lentos. Mecánicos. Llenos de problemas. Y cuando filmás para otros, cada vez que hacés una toma te tenés que dar vuelta para ver si les gustó a los que te pagan.

Chica

¿Pero a vos no te gusta lo que hacés?

Yo

No. A mí me gusta filmar lo que me gusta que casi nunca me gusta.

   Este tipo de diálogo se solía dar (y todavía se da) cada vez que hablaba con alguien y le contaba (cuento) que me dedicaba al cine o al cine publicitario. Y la verdad es que a mí los rodajes no me gustan una mierda. En primer lugar, porque es el territorio donde a más de un boludo/a se le enciende el modo “macho/ hembra alfa”. En serio: la gente se pone muy pelotuda cerca de la cámara y frente a un equipo. En segundo lugar, porque el rodaje no es otra cosa que la negociación entre lo que alguna vez soñé y la puta realidad. Jamás filmé algo a la altura de mis sueños. Jamás. Gran parte de esto se lo debo a los productores, y el resto me lo debo a mí mismo por no haberme cagado en ellos y dejar de pensar en cuidar sus billeteras. Consejo: no piensen en eso. Jamás se lo van a agradecer. Y si las cosas salen mal y quedan berretas, jamás se hacen cargo ni reconocen que recortaron las posibilidades creativas. Las culpas siempre las paga el director.

El otro diálogo que suele darse a menudo, sobre todo con gente del medio que intenta consolarse y tener algo de autocompasión, es este:

HOMBRE O MUJER DE CINE

No nos quejemos. Por lo menos no laburamos en una oficina.

    ¡Falso! ¡Mal! Laburás en una oficina. El cine es una oficina sin paredes y boxes pero es una oficina. Tenés horarios, tenés presión del financista y un puto horario/plan de filmación que cumplir. Y, lo peor de todo, un asistente de dirección contratado por el productor al que le chupa un huevo tu película y solo trabaja para marcarte el paso. El cine es el arte más manoseado. Es un arte de ricos. Lamento confesarles esto: es como jugar al polo. Tenés que tener guita. Hoy más que nunca. Una película puede llevar entre tres y cinco años para hacerse realidad. Desde la escritura del guion hasta la exhibición en una sala, el director solo cobra el período de rodaje y, con suerte, la posproducción. El problema reside en los años previos: desde que se busca la financiación hasta que llega el primer día de rodaje. Esa etapa puede llevar de tres o cinco años. Incluso diez. Años en los que por lo general el director no ve un solo peso. Por lo tanto, solo puede sostenerla una persona con recursos económicos para solventarla. Cualquier director que no cuente con apoyo económico deberá salir a buscar trabajo de lo que sea para poder sustentarse y, naturalmente, eso interfiere directamente en la búsqueda de financiación. ¿Por qué? Por una sencilla razón: esta tarea requiere viajes a festivales en Europa, reuniones con productores, concursos de desarrollo de proyectos que necesitan enormes gastos de pasajes, estadías en hoteles y viáticos que, en el mejor de los casos, algunas entidades pagan. Y estos inconvenientes afectan menos a una persona soltera. Porque si tiene familia, la tarea se vuelve prácticamente inviable. Se generan divorcios, deudas y falta de tiempo compartido con los hijos. Una vez un amigo me dijo: “El cine me está transformando en una mala persona”. Y la verdad, es muy posible que esa aseveración fuera real, ya que la frustración que genera el cine es un pasaje sin escalas hacia la maldad. Y si uno tiene que transformarse en un hijo de puta, es mejor no tener familia.

    Entonces, si quieren dedicarse al cine, un consejo: no se casen, no tengan hijos, no paguen prepagas, colegios, matrículas de colegios, seguros, campamentos, útiles, botines, clases de piano, de inglés, de mandarín, alquileres, vacaciones, cumpleaños de 15… ¡No lo hagan! Para hacer cine solo tienen que dedicarse a ustedes y, por sobre todas las cosas, al cine. Es un arte egoísta de niños ricos. Por eso cada vez vemos a más “hijos de” volcándose a las carreras de cine casi como jugadores de polo o corredores de Fórmula 1. Alguna vez me lo dijo un amigo y me enojé muchísimo. Eran las épocas donde pensaba como Rocky, que la pelea no terminaba hasta que terminaba. Boludeces. La pelea termina antes de que empieces a pelearla porque este planeta no es ni redondo ni plano: es inclinado. Y vos y yo nacimos en el área caída de la cancha. Tengo una mala noticia para darte: solo filman los que están arriba del campo de juego. Lo lamento, pero es una arte de chetos perversos. Fíjense, mírenlos, pregúntense cómo viven entre película y película. Yo sé de qué viví entre las dos películas que hice, que me llevaron años y terminaron fundiéndome. Viví de hacer putos comerciales. Dándome vuelta, como dije antes, para que me aprobaran una toma. Yendo a castings de directores. Preparando visualizaciones con guita de mi bolsillo para filmar un puto desodorante. Rebajándome, diciendo “sí” cuando debía decir “no”. Chupando pijas, bah.

   Dicho esto, volvamos al hermosísimo mundo de la publicidad. A fines de los 90, la publicidad estallaba. Era una época donde se laburaba, y mucho. Todavía no se había pauperizado el medio como ahora. Había lugar para productoras grandes, medianas y chicas. Si, era el “menemato”, pero créanme que había más laburo y mucha más guita que en la actualidad. De hecho, yo ganaba más en esa época como asistente de dirección que ahora como director. Con todo lo que ganaba en los comerciales me iba comprando negativo 16 mm para algún día poder filmar mi largo. En vez de bonos, Letes o dólares, compraba película. Esa era mi inversión. ¡Qué boludo! La cosa es que una tarde vino Flavio a “cranear” unos comerciales que le habían salido y, cuando abrió la heladera para buscar agua, vio las latas. Al instante me preguntó para qué estaba acopiando material fílmico y le conté que eran para mi largo. Me preguntó de qué se trataba y le respondí que era sobre un grupo de boqueteros que mientras cavaba un túnel para llegar a la bóveda de un banco sufría una catástrofe atómica, pero jamás se enteraban porque la habían pifiado con los planos y terminaban desviándose del rumbo. Para cuando llegaban a la bóveda, ya se habían matado entre ellos y solo uno salía con vida. Este último abría la bóveda y descubría que no había nada: el apocalipsis. Solo estaban él, las bolsas con la guita y, a su alrededor, la desolación total. De eso trataba mi película, que no sabía bien si iba a ser un corto, un medio o un largo.

     Cuando terminé de contarle la historia, Flavio me miró con cara de incrédulo y me dijo: “Estás loco, no la vas a poder terminar”. Le dije que la quería filmar con amigos, que no quería presiones ni deadlines, que quería volver a experimentar la libertad de filmar lo que tenía en la cabeza. “Eso es imposible”, me respondió. Y ahí nomás me propuso hacer una película juntos. Al principio la idea no me cerró para nada. Las experiencias de codirección que conocía siempre habían resultado problemáticas. Me retrucó que eso no nos iba a pasar a nosotros, que llevábamos hechos más de treinta comerciales juntos en dos años y nos entendíamos a la perfección. Y era verdad. Si bien yo era su asistente, Flavio cada vez me daba más lugar desde lo creativo y la puesta de cámara. Casi sin darme cuenta, estábamos codirigiendo. Además, con tan solo mirarnos, sabíamos qué nos gustaba y qué no. Súmenle respeto, camaradería y el gusto por las mismas películas y, la verdad, era difícil que la fórmula fallara. En ese momento lo pensé y dudé. Recuerdo que justo me iba de vacaciones y le pedí que me esperara hasta que volviera. Al volver, la respuesta fue más que obvia. Teníamos que filmar. Sentíamos la necesidad imperiosa. ¡Había que hacer algo urgente para salvar al cine argentino! ¡Al viejo, al actual y al que estaba por venir!

Ahí nomás nos pusimos con Flavio a ver qué clase de película queríamos hacer. No teníamos necesidad de filmar por filmar. Si filmábamos algo, queríamos patear el tablero. Queríamos hacer lo que se nos cantara las pelotas. Quiero decirles algo: estábamos hartos del cine argentino. Harto de los carajos de Luppi (amábamos a Luppi solo por las de Aristarain), de las bajadas de línea, de las minas volando de Subiela, de la dictadura (porque garpaba en festivales), del humo y los papelitos, de las pavas para cebar mate, de Rulo y su cara de bueno, sobre todo de los Rulo y sus caras de buenos (luego “La Ciénaga” se ganaría el podio de nuestro odio). Creo que ese fue el gran motor de 76. El odio a Rulo. Todas las películas hasta la fecha venían presentando a los personajes argentinos como buenos, como víctimas, como laburantes empáticos cuyas vidas chatas y grises eran motivo de contemplación. O también del cine “viejita” de Pizza, Birra y Faso,aunque a Flavio esta última le gustaba un poco más que a mí, que nunca me gustó y sigue sin gustarme ni medio. Nosotros queríamos hablar de lo que nadie hablaba. De que los argentinos no éramos nada buenos. De que éramos y somos miserables, oportunistas, resultadistas, soberbios, ventajistas, machistas, racistas, clasistas y, sobre todo, miserables. Queríamos hablar de gente que no merecía una película. Por eso amábamos a Cassavetes. Husbands sobre todo. Una película de hombres miserables e imperfectos. Queríamos hablar de lo que sabíamos más que nadie. De esa puta clase media urbana porteña que bancó a la dictadura y que, en ese momento, se babeaba con el menemismo. Pero también queríamos que la gente se cagara de risa y amara a estos canallas. Queríamos un espejo que reflejara toda esa deformidad argentina. Queríamos decirles en la cara “mírense hijos de puta porque ustedes son los únicos culpables de esta trampa en la que vivimos”. Pero ¿por dónde empezábamos? ¿Cómo hacíamos para escribir en esa vorágine de laburo que era la publicidad a fines de los 90? Al principio bocetábamos ideas entre comercial y comercial. Como yo vivía solo, Flavio era casi un inquilino en casa, y ahí, en el living, empezamos a delinear las primeras ideas para nuestra ópera prima. Créanme que fue una pesadilla, porque los productores de publicidad siempre lograban dar con el paradero de Flavio e interrumpían el proceso creativo para que concurriéramos a cualquier bendita reunión de agencia que existiera. Era tal el caudal de laburo y la demanda que tenía Flavio como director que solíamos rezar para que no le salieran comerciales (hoy rezo para que me salga uno por año). Un día, cansado de estas interrupciones, me propuso tomarnos unos días sabáticos para rajarnos del infierno publicitario y poder laburar tranquilos en nuestra película. Así fue que un fin de semana del mes de julio decidimos refugiarnos por tres días en un Hotel de Villa Gesell para escribir ese guion con ganas de romper todos los moldes. Cuando llegamos, el hotel parecía el Overlook de Kubrick versión clase B. No había una puta alma, ni en el hotel ni en todo Gesell. La ciudad balnearia era como el paisaje final de Stranger than Paradise de Jarmusch. La avenida principal tenía los locales de arcades abiertos y completamente vacíos, salvo por un grupo de niños que hacían su paseo bautismal por una ciudad con mar gracias al “plan pibes” de Duhalde. La ciudad tenía un clima que hoy en día nos suena familiar por la pandemia pero que, en aquel entonces, era fantasmagórico y mágico a la vez. En el medio de la soledad y la bruma oceánica, Flavio y yo nos encerramos a escribir una película sin saber muy bien de qué carajo trataría. Lo único que sabíamos era qué tipo de película no queríamos hacer. Para ello, escribimos un decálogo:


1. Que fuera sobre tres amigos que buscaban acostarse una noche con la mujer de sus sueños.

2. Que transcurriera en una sola noche y en Buenos Aires.

3. Que tuviera violencia verbal.

4. Que estuviera protagonizada por actores. Basta de esa moda pelotuda de laburar con “no actores”.

5. Que los protagonistas fueran miserables y no merecieran una película.

6. Que no dejaran de pasar cosas. Que no contemplara. ¡Que no aburriera!

7. Que se encontraran con una galería de monstruos porteños peor que ellos.

8. Que los personajes no cebaran ni tomaran mate.

9. Que nadie dijera carajo nunca.

10. Que los personajes no dijeran cosas trascendentes ni con mensaje.


   Apenas terminamos de esbozar los diez mandamientos empezamos a escribir. Curiosamente, todo lo que escribíamos tenía mensaje y pretensión. Ahí nomás paramos y Flavio me dice: “¿Y si hacemos un documental?”. La peor frase que podía escuchar en ese momento. El documental es el refugio que tienen los directores cuando no saben muy bien qué poronga contar. No es que no me guste el género documental. Pero es más fácil. Putéenme. Vengan de a uno o de a miles a buscarme pero es más fácil. Lamento decirlo pero, a no ser que seas John Ford filmando la batalla de Midway, el documental es más fácil. No importa si les da bronca lo que digo porque en el fondo saben que es la verdad. Es más fácil. Dicha esta verdad, que me va a costar varias amistades, juro que en el mismo momento en que Flavio pronunció la idea del documental sentí unas profundas ganas de largar todo a la mierda y volverme en mi Twingo a Buenos Aires para abrazar a mi mamá y dejar a Flavio encerrado con llave en la habitación de ese puto hotel. Se ve que mi expresión de no rotundo fue suficiente para que Flavio desistiera de documentar algo. Fue entonces que luego de definir algunas ideas y entender que lo más importante era contar una historia simple, lineal y cruda como una flecha, establecimos el objeto de conflicto o la motivación central de estos tres infelices a lo largo de toda la película: acostarse con Graciela Alfano. Yo había vivido en carne propia una experiencia desopilante con el mito de los catálogos con vedettes y me parecía que podía ser un gran disparador. Graciela Alfano nunca formó parte de esa leyenda pero incluirla en el mito de los catálogos de hoteles era lo único que motorizaría la trama y haría que nuestros inútiles y miserables protagonistas se encontraran con un verdadero bestiario nocturno. Dealers, cafiolos, arbolitos, gitanos y sus propios demonios serían los principales antagonistas de Paco, Salvador y Dino, todo en la noche de mayor hiperinflación de la historia. Para el año 2000, eran muy pocos los que recordaban la catástrofe económica que había signado el último año de Raúl Alfonsín y la llegada del menemismo. Por lo tanto, el desafío era poder contar esos sucesos a toda una generación que no sabía ni había vivido el infierno económico, político y social del año 1989. Términos como “híper”, “devaluación”, “arbolitos” y otros debían servirnos de fondo para la accidentada aventura de nuestros personajes y no para detener la película y bajar línea discurseando. La línea o el mensaje debían estar en la totalidad de la trama y no expuestos en los diálogos. Entre toneladas de cigarrillos, notas en cuadernos y algunos apuntes tipeados en mi primera y precaria laptop marca Compaq, sobrevino la magia. ¡Fuuuuuuuuuhhhh! En un brote de inspiración genial y canábica y después de decir “pará, pará, pará, esta historia arranca así…”, Flavio bajó del cielo cinco líneas que se convirtieron en la trama argumental de la historia. Como en esa época yo ya había dejado la marihuana, me limité a bajar en papel lo que él pronunciaba casi como un pastor de Harlem cantando un góspel. En pocos minutos teníamos todo el cuentito volcado en papel. Ahora había que transformarlo en escenas, en personajes, en un verdadero camino hacia la materialización del sueño del macho argentino. Era el bestiario menemista que había acechado e invadido la vida política, social y cultural de los 90: la guita por la guita, la épica de la viveza, el sálvese quien pueda, la felicidad inmediata, las putas, la merca, los autos y el hedonismo como única religión. Un detalle importante es que al principio la llamamos “76 89 01” porque, de un modo u otro, pensamos que Menem conseguiría la rereelección y, por ende, seguiría reinando en 2001. Nos equivocamos, pero no por mucho. El final que teníamos pensado también era distinto y por cierto mejor. En el final de la primera versión, Dino conseguía secuestrar a la diva y, después de pedir el rescate y hacerse con el dinero, la asesinaba al costado de una ruta en la Patagonia. Ese final, que era mucho más brutal y transformaba al trío de amigos en una suerte de naranja mecánica, tuvimos que cambiarlo por razones presupuestarias. Todavía sigo pensando que hubiera sido un gran final. Pero las excusas no se filman y volveré a este tema más adelante. Como sea, lo que sí puedo afirmar es que queríamos una película que tuviera un mensaje que no estuviera “dicho” como sucedía hasta ese momento en muchas películas nacionales (no digo todas) pero, por sobre todas las cosas, queríamos que fuera extremadamente divertida, a contramano de casi todo lo que se venía haciendo en el “viejo nuevo cine argentino”, donde imperaba una solemnidad sepulcral. Queríamos que el público se desangrara de la risa con este trío de atorrantes. Que de algún modo sirviera de espejo catártico para poder reírnos de nuestro lado más siniestro y, por ende, descubrirlo y reconocerlo. Nos turnábamos en postas para escribir. Cuando uno se iba a comer, el otro se quedaba laburando en la habitación y viceversa. Me recuerdo desandando el aterrador pasillo del Hotel Merimar escuchando las carcajadas de Flavio mientras escribía. A él le pasaba lo mismo cuando volvía de su almuerzo. La escena del rey de la noche y, sobre todo, la colosal puteada de Dino a Zárate fueron de esos momentos de creatividad superlativa donde el goce y la risa mientras tipeábamos nos servían de termómetro para saber que íbamos por la senda correcta. Jamás volví a experimentar lo mismo escribiendo. Viví otras cosas pero no el regocijo de la carcajada como aquella vez. Nuestras musas nos permitieron armar un espejo deformado de nuestra idiosincrasia, un espejo que reflejaba toda la bosta cultural de la cual el porteño suele enorgullecerse. Pero, por sobre todas las cosas, nos liberaron para ir más allá y soñar una película distinta. Porque sabíamos que 76 sería distinta. En tan solo tres días de laburo intenso y pura camaradería y diversión hicimos un guion de unas 70 páginas. A nuestro regreso de Villa Gesell les dimos a leer el guion a dos o tres referentes y a los dueños de la productora donde Flavio laburaba. Debo decir que la reacción no fue muy efusiva. Hay que recordar que en el medio publicitario no está muy bien visto abandonar por un año la actividad para dedicarse al arte. Ahora quizás sea un poco más común e incluso algunos creativos se estén animando a dirigir teatro o a producir musicales. Pero, en aquel entonces, era mala palabra dedicarte a otra cosa. Te miraban raro. El mundo publicitario es muy receloso del cine. La verdad es que a Flavio le chupaba un reverendo huevo lo que el “medio” pensara. Necesitábamos exorcizarnos de toda la paja publicitaria y teníamos una buena historia para lograrlo, aunque eso no fue lo que opinaron nuestros referentes cuando nos dieron sus devoluciones. Lucho Bender, colega y amigo al que respetábamos, nos llegó a decir: “No la hagan, en serio, no hagan esta película, es una película facha con personajes horribles”. Un año más tarde, Lucho vería la película y nos pediría perdón por haber dado ese dictamen, reconociendo que jamás se había dado cuenta del tono en el guion. Otro amigo productor me dijo que no entendía para qué íbamos a filmar esa historia, que no entendía el sentido de semejante pavada. Consejo: cáguense en lo que les dicen los referentes porque nadie puede ver una película desde un guion. Los únicos que la ven son los que la escriben. Si se la das a un director, jamás le va a gustar y te va a marcar cómo la contaría él. Si se la das un productor, como no sale de su usina, ni siquiera la va a leer. Si se la das a otro guionista, va a tratar de todas las formas posibles de dejar en claro que fue un error no haberla escrito con él. Esto es muy típico de los script doctors. Los actores sí son buenos dando sus devoluciones, quizás porque entienden los principios dramáticos, siempre y cuando no intenten proteger al personaje que interpretarán. Entre los comentarios lapidarios de Lucho y otras voces que nos alentaban a no hacerla, apareció una figura que fue determinante para que filmáramos 76: Orlando Rodríguez. Creo haber hablado de él en algún capítulo. Orlando, alias Orly, era una suerte de hombre orquesta (director, realizador, utilero), un verdadero maestro. Creo que fue el único que se enamoró del guion. A tal punto, que le propuso a Flavio armar una productora para hacer la película y, ya que estábamos, hacer publicidad. Flavio no tardó un segundo en decir que sí y, junto a Daniel García, a los pocos meses, fundaron “La Produ”. Por supuesto, arrancamos haciendo comerciales. Pero, a los pocos meses, empezamos con los preparativos para encarar la película. Durante esa etapa, empezaron a sentirse los embates, sobre todo del lado de Daniel, que temía que la productora perdiera mucho dinero durante el año que Flavio dejara la publicidad para dedicarse al largo. Recuerdo que me invitó a cenar y me dijo: “Tratá de hablar con Flavio, este largo nos va a dejar en la lona, va ser muy difícil sostener la productora sin ingresos. Además, para cuando terminemos de filmar y él quiera volver, nadie se va a acordar de nosotros. Hay mucho laburo ahora y el medio es muy cruel con los que se alejan para hacer cine”. Es muy probable que Dani tuviese razón. De hecho, si yo hubiera estado en su lugar, con dos criaturas y una familia que sostener, habría pronunciado la misma línea de diálogo. Pero, en aquel entonces, yo era soltero y no tenía hijos. Ahora bien; dejando de lado el factor familia, he aquí el problema central y recurrente de esta novela, de mi accidentada carrera y también, por lo general, del cine argentino: los productores que no la ven. Estábamos por lanzar un cohete al espacio cuya misión era poder alunizar con una película distinta, osada y sobre todo, ¡divertida! Y uno de los dos productores me sugiere que aborte el lanzamiento porque estábamos poniendo en peligro el pago de la luz y el gas de la base de lanzamiento espacial. ¿Qué quiero decir con esta metáfora? Que la mayoría de los productores con los que me he topado a lo largo de mis treinta años de carrera (no digo todos, de hecho el propio Dani la terminaría viendo años más tarde cuando me apoyaría en “Regresados”, la segunda película), no tuvieron (ni creo que tengan) visión ni vuelo, solo ven la coyuntura. Los otros, los que sí la ven y se dice que son buenos y gozan del supuesto prestigio de los premios no ganados por ellos, por lo general han perdido la pasión por lo que hacen y solo apuestan a lo seguro, a caballo ganador. En ese momento, tanto Flavio como yo éramos dos purasangres ganadores. No porque hubiésemos ganado nada sino por el amor y las ganas de hacer cine que exudábamos en cada charla de sobremesa, en cada instante que soñábamos con tirar de una vez por todas el puto mantel a cuadros y solemne de nuestro cine. En el amor que sentíamos por De Palma, Spielberg, Janis Joplin, los Cohen, Coppola, Hitchock, Cassavetes, Miles Davis, James Brown, Scorsese, Sinatra y todas las referencias que nos imbuyeron durante el período de escritura del guion. Pero ese amor por el cine es una de las principales cosas que los productores detestan. Créanme que, por aquel entonces, cada vez que uno hablaba apasionadamente de cine, un productor resoplaba escudándose en frasecitas hechas del tipo: “esto es un negocio, pibe”. La falta de productores con visión a largo plazo, sensibilidad artística, vocación de riesgo y, sobre todo, pasión y amor, fue uno de los grandes problemas en mis intentos por hacer cine. Siempre he tenido productores que terminaron jugando en contra de mis proyectos. Y no me estoy victimizando, en absoluto, porque gran parte de la culpa de haber tenido malos productores es mía. Sobre el tema de los productores volveré más adelante, pero estoy convencido de que si el cine argentino no llegó a conformarse como una industria seria es por la escasez de productores serios con vocación de riesgo. Esto no quiere decir que no existan. De hecho, en este momento estoy por tratar de filmar mi nueva película y creo haber dado al fin con ellos. Pero de ese cohete a Marte voy a hablar más tarde.

Volviendo a esta misión, al toque le respondí al productor: “Dani, yo soy la persona menos indicada para decirle eso a Flavio, lo único que quiero es que hagamos esta película, la publicidad no me importa, soy uno de los padres de la criatura, hablale vos, pero no creo que lo puedas convencer”. Dani me miró con preocupación y después de esa cena jamás volvió a hablar del tema. Ni siquiera sé si lo habló con Flavio. Lo único que sé es que ese cohete llamado 76 89 03, propulsado por diez apasionados mandamientos (entre ellos, no aburrir nunca), había entrado en la irreversible cuenta regresiva y nada ni nadie podría impedir su despegue.

 

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