EPISODIO 18: Mirá que yo fui montonero



En el año 2008, mi vida era un montículo de bosta de rinoceronte. Salvo el nacimiento de mi amada hija Delfina, nada me salía bien. Después del estrepitoso fracaso de Regresados, le había prometido a mi mujer que no volvería a filmar un largometraje durante mucho tiempo.

El día previo al nacimiento de Delfi, internaron a mi mujer para hacerle una cesárea. Para combatir la ansiedad, decidí comprarme un libro llamado Operación Traviata. Un típico best seller periodístico de esos que pululan en las góndolas de las cadenas de supermercados falsamente llamadas librerías. Su autor era un tal Ceferino Reato. Nunca había oído hablar de él, pero la contratapa me atrapó: se trataba de un trabajo de investigación periodística sobre el asesinato de José Ignacio Rucci, el sindicalista responsable del retorno de Perón al país en 1973. Siempre me había interesado Rucci como personaje. Para muchos había sido un traidor, para otros, el único sindicalista fiel a Perón que murió pobre, a tal punto de no dejarle ni una propiedad a su familia.

Ese día, el dos de octubre del 2008, mientras me disponía a repasar una de la décadas más sangrientas de la Argentina, nació Delfina Bernard, una locomotora supersónica de luz que me salvó la vida. Delfinita esperaba en la incubadora —le había quedado un poquito de agua en los pulmones—, y yo, sentado en un incómodo sillón de la habitación de la clínica, comencé a devorar la trágica historia de Rucci, Perón y la «juventud maravillosa». Página tras página, me iba convenciendo de que no había nada de maravilloso en esa década, y de que el común denominador había sido la violencia mesiánica exportada cual remake fallida de una mala película extranjera.

Una pregunta resonaba en mi conciencia: ¿Por qué casi toda una generación decidió volcarse a la lucha armada al mismo tiempo? A medida que avanzaba en la historia, me dio pánico pensar que aquella necesidad generacional de matar por un supuesto ideal pudiera repetirse en cualquier momento. Claro que el contexto era distinto: recordemos que eran los años de la batalla contra el campo y de la guerra con Clarín, y que el gobierno había empezado a fomentar la división entre idealistas románticos de izquierda y malvados imperialistas de derecha. Para ello, el kirchnerismo metió en una multiprocesadora la historia argentina de los 70, la reivindicación de la lucha armada, y todas las causas nobles del progresismo, cosa que cualquiera que estuviera en contra pudiese ser fácilmente demonizado y acusado de traidor, garca, oligarca y vendepatria antiargentina. En síntesis, una reducción de «nosotros los buenos» y «ustedes los malos».

Con este principio infantil, reduccionista y genérico, comenzaba lo que luego se llamaría «la grieta». Algo que existía desde hacía décadas pero que tanto Néstor como Cristina, Macri, todos los Durán Barba del mundo y los medios de comunicación de ambos bandos supieron explotar muy hábilmente de modo marketinero para ganar votos, segmentar a sus consumidores y venderles un supuesto antídoto contra los males del país según la versión que el consumidor/votante prefiriera. Como sea, el kirchnerismo venía romantizando la violencia desde su conflicto con Clarín y muchos jóvenes la compraban sin chistar, de modo autómata, como una cajita feliz de McDonald's.

Fue así que en el 2009, junto a dos queridos amigos (Pablo Racioppi y Carolina Azzi), sentimos la imperiosa necesidad de convertir ese libro en un guion de ficción para una película, con el fin de que las nuevas generaciones no repitieran el mismo error que la generación de los 70.

Durante la lectura, me di cuenta de que había una película posible; más que posible, necesaria; más que necesaria, urgente y obligatoria. Una de mafia tan buena como El Padrino o mejor, porque esta se trataba de una historia real. Una de un Rey Lear autóctono con Perón como un rey anciano y decadente, testigo de la lucha fratricida por sucederlo.

Lo que surgió de este proyecto fue una de las peores experiencias artísticas de mi vida. No por el proceso de escritura, que junto a Carolina y Pablo, ambos socios en esta aventura, nos había llevado aproximadamente un año hasta alcanzar una primera versión, sino por la relación con el autor y la posterior autocensura y cobardía de las productoras de cine argentinas para encontrar la financiación de la película. Los derechos para llevarla al cine eran por dos años y la mitad de ese tiempo se nos fue con la escritura de una primera versión. Por lo tanto, solo teníamos un año para salir a buscar productoras que financiaran el proyecto. Con un error de cálculo supino de mi parte, me topé con la cruda verdad: nadie quería arriesgarse a producirla.

Pero antes de entrar en ese tema que desnuda la falta de riesgo y de coraje de nuestra industria cinematográfica, quiero contar algo sustancial que creo fue letal y un tiro de gracia para el proyecto. Al leer la primera versión del guion, Reato la odió. Nunca fui partidario de que leyera el guion en esa instancia, dado que por lo general las primeras versiones son aproximaciones no muy acabadas de lo que uno quiere contar. Pero debido a su insistencia y para calmar su ansiedad, se lo di a leer; le aclaré que tenía varios problemas y que sí o sí habría una posterior reescritura. Al día siguiente de haber brindado con él y mis socios en un restaurante español por la finalización de la primera versión, recibo un mensaje suyo. Yo estaba en una productora, en el medio de una presentación vía Skype, para una campaña publicitaria que rodaría en República Dominicana. No recuerdo si fue por SMS o cómo carajo se llamaba en esos tiempos pero lo que jamás voy a olvidar fue el tono guarango del mensaje. Me adelantaba varias opiniones negativas sobre el guion. Las que más recuerdo bordeaban este estilo: «No me creo nada cómo hablan los personajes», «Hay demasiadas cosas que no están en mi libro», y una pregunta final: «¿Vale la pena que hagan esta película?». Abandoné la reunión al instante y lo llamé por teléfono. La conversación fue aún más hostil. Lo que más me llamó la atención fue la crítica a una escena en la que Rucci y Lorenzo Miguel se encontraban a la salida de la asamblea donde se había elegido a Cámpora como candidato de la fórmula del PJ. En esa escena, Rucci le planteaba a Miguel su total desacuerdo con la elección del candidato. Era una escena muy cruda desde lo verbal, en la que se revelaba y sugería todo lo que después veríamos en la película, incluida la traición de Lorenzo Miguel como punto de giro de la historia. Lo que más me sorprendió fue una pregunta de Reato que daba cuenta de su total desconocimiento del cine, del poder de la ficción y de la dramaturgia. «¿Cómo sabés que esa conversación entre Rucci y Miguel existió?». Le respondí que era un diálogo en el interior de un auto y que, a puertas cerradas, un guionista tenía todas las posibilidades de imaginar y ficcionar lo que quisiera, que no se podía estar escribiendo con un auditor o escribano que garantizara o autenticara la veracidad histórica de las palabras dichas en privado.

En el mundo de la ficción histórica, uno no puedo falsear actos públicos o hechos concretos, pero lo que sucede en la intimidad de la vida de los personajes es el lugar más interesante al que llegar como escritor y dramaturgo. Si no, no hay película posible y hay que circunscribirse a las fronteras del género documental. Allí entonces la primera piedra en el zapato de este calvario llamado Operación Traviata. Lección número uno: nunca le muestren el guion al escritor. Que lo conozca cuando vaya al cine a ver la película.

Luego vendría una reescritura del guion completamente a mi cargo que, modestia aparte, había mejorado notablemente la historia. Acá viene la lección numero dos: nunca le den a leer a nadie la primera versión, después nadie querrá leer la segunda.

De todos modos, lo peor estaba por venir.

El año que salí a la cancha con el guion, Cristina acababa de ganar las elecciones con el 54 % de los votos, y muchos de los que, un año antes, me habían dado manija para comprar los derechos, se borraron olímpicamente un año después. Así las cosas, después de reunirme con los dioses y diablos de todos los credos en busca de financiación, consigo, gracias a un director amigo, la única entrevista en una gran y reconocida productora con nombre de cerveza austral.

El capo de la productora me recibe con una sonrisa muy forzada y, mientras me da la mano, me dice: «Mirá que yo fui montonero». ¿Cómo seguir después de eso con un guion que no solo era una crítica a la Triple A sino a las organizaciones armadas de izquierda? (No se preocupen, yo siempre supe cómo caminar recto y sin desviarme hacia todo tipo de precipicios). Tras contarle mi visión, el tono y por qué para mí era vital contar esta historia a las próximas generaciones, el tipo, que siempre se destacó por no leer ningún guion que no viniera de su factoría y, si es posible, autoría, me responde: «Mirá si voy a producir una historia que me genere quilombos con el gobierno, con la guita que me debe el INCAA». Convengamos que el tipo que me estaba diciendo esto era el CEO de una empresa a la que el gobierno acusaba de mentir. Se suponía que si alguna empresa podía estar interesada en contar una historia alternativa a la verdad única relatada por el gobierno, era este grupo empresarial. Pero el juego de la política no es tan fácil y mucho menos el del cine. A la hora de los negocios y la rosca con el Estado lo que menos importaba era una película que intentara buscar la verdad sobre un crimen que determinó la historia política del país. Antes de irme de su oficina miré todos los afiches de comedias que superpoblaban las paredes de su oficina y le dije: «Qué carajo está contando el cine argentino en esta década». El mismo tipo que me había advertido su pasado montonero, me miró a los ojos y, con el mayor de los cinismos, me respondió: «Y, el cine argentino cuenta lo que puede».

Poco después de esa reunión, todo se fue desinflando hasta que el guion de Operación Traviata se convirtió en uno de los tantos que pasó a ocupar espacio y polvo en uno de los estantes de mi biblioteca. Un gran guion, con reminiscencias de El Padrino, Z, JFK, The Parallax view y El Rey Lear de Shakespeare, que nadie se atrevió a producir.

Argentina es un país con graves problemas de miopía para narrar su historia. El cine vive en una suerte de Billiken ideológico. Zambas para adultos. De las atrocidades del peronismo y de Perón en el 73 no se puede hablar. Es un período obturado por los comités de selección del INCAA y por los supuestos grupos de multimedios que tanto defienden la libertad de opinión pero que no quieren quilombo con el gobierno.

Cuando Macri ganó las elecciones, tuve cierta esperanza de que esto pudiera cambiar, de que aquellas historias obturadas y canceladas por los politburós culturales del kirchnerismo pudieran ver la luz. Pero Macri y su casta detestan la cultura, y mucho más al cine argentino, y poco les importa contar la historia a las nuevas generaciones porque, por encima de todo, son amorales y cínicos.

Hace un par de años, me contactó un exfuncionario ligado al PRO y a los medios. Al parecer, estaba interesado en el proyecto y me convenció de reflotarlo en formato de miniserie. Me hizo laburar y pitchearlo gratis y al pedo frente a una productora de «contenidos» con llegada a Netflix y otras plataformas. Pero no pasó de ahí. A las semanas, después de preparar un Power Point y todas esas mierdas que necesitan, me dieron una elegante patada en el culo. Ahora preferían que lo convirtiera en un documental. Ese día, tome la decisión de enterrar para siempre Operación Traviata y de no volver a meterme con materiales ajenos, mucho menos sobre política argentina.

Consejo a los estudiantes de cine: aléjense de la historia argentina contada con objetividad y coraje, no sea cosa que se encuentren con un productor que haya sido montonero. Aléjense en serio. No pierdan salud, dinero, y lo más vital e irrecuperable para un cineasta: el tiempo.



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