EPISODIO 6 : LA CEGUERA

Actualizado: 4 de dic de 2019


Año 1985. Primavera alfonsinista. Yo me había ido a vivir a lo de mi viejo escapando del infierno de mi casa materna. En los planes de cómo seguir el guión de mi vida se vislumbraban dos posibles líneas argumentales: los aviones y muy pero muy pero muy atrás … el cine. Por supuesto que esto último era descabellado en aquellos tiempos, imposible de plantear a mi familia, ciencia ficción pura y dura. Piensen en un pibe de clase media nacido y criado en barrio norte y educado en uno de los colegios mas caros de Buenos Aires. La mayoría de mis compañeros ya tenían un puesto asegurado en las empresas de sus padres. Muchos de ellos serían importantes banqueros, o manejarían los campos de sus ancestros. Los otros, los que éramos hijos de una clase media “con ínfulas de alta” deberíamos pelearla en el cada vez mas paupérrimo mercado laboral argentino donde las únicas opciones eran : abogacía, medicina o economía. Ingeniería y arquitectura quedaban descartadas porque no daban plata y requerían de un esfuerzo intelectual que no valía la pena. En mi caso el camino era cantado. Como hijo de piloto todo indicaba que debía dedicarme a volar. No voy a decir que no amaba los aviones.

Joyas como el Phantom F 4, el Blackbird SR 71, el Sabre F 86, los Mig 19 y 21 o nuestros valerosos A4B , Mirage y Pucara; todas ellas fueron ensambladas y soldadas con cemento de contacto por mis manos y permanecían estacionadas en las repisa de mi habitación , mirándome e interpelándome para que algún día me atreviera a ingresar a sus cabinas y darles la proporción que se merecían.

Para llegar a volar alguna de estas naves en escala real me quedaba un solo camino. Ingresar a la Fuerza Aérea. Piensen en el contexto de un pibe que quiere ser piloto militar a tres años de que el país sufriera una derrota catastrófica en manos del ejercito Ingles. Argentina era un nación de posguerra. Jamas nos quisimos dar cuenta de eso pero fue así. Súmenle el enorme y merecido desprestigio de las fuerzas a causa de los crímenes cometidos durante la dictadura y podrán darse una cabal idea de lo que era querer ser piloto militar en ese momento. Como yo tenía una formación de bachiller muy pobre en ciencia y matemática mi viejo decidió anotarme en una academia que te preparaba para el ingreso a la escuela de la fuerza aérea y marina. El cursado en la academia me fue muy útil por dos cosas.

La primera : poder experimentar de cerca el grado de resentimiento de los militares para con el gobierno de Alfonsin. Los profesores , casi todos ex militares, no paraban de lanzar sermones antidemocráticos y fascistas. Eran tipos golpeados por la democracia y sobre todo indignados por los juicios a las juntas militares. Para colmo hacía unos meses había visto Novecento en VHS y todos esos tipos me parecían igualitos al camisa negra que interpretaba malignamente Donald Sutherland.

Pero la segunda cosa fue determinante; un día nos visita un grupo de oficiales que habían cursado en la academia el año anterior. Verlos me hizo acordar a “Reto al destino”, aquella película romántica protagonizada por Richard Gere. Eran jóvenes, espigados y lucían con cierta prestancia sus uniformes. Durante el recreo me puse a hablar con uno de ellos que parecía bastante más humano que el resto. Cuando le pregunte que tal le estaba yendo el flaco miro hacia los costados y cuando se percato que nadie lo vigilaba se me arrimo al oído y bajito me dijo : “Ni se te ocurra entrar acá. Después de la guerra quedaron muy pocos aviones operativos. No vuela nadie y los pocos que vuelan son Einstein, los de promedio mas alto. El resto los vemos pasar desde tierra. No vas a volar nunca y te van a tener haciendo salto de rana de por vida”.

Esa misma noche , cuando volví a mi casa lo agarre a mi viejo y le dije que no quería ser militar. Mi viejo la verdad que no me jodió en lo más mínimo y al mes siguiente comencé a volar un Piper Tomahawk en una escuelita de vuelo en San Fernando. El clima del aeródromo y de la aviación civil era todo lo opuesto a una academia militar. Hay cierta atmósfera bohemia y romántica en los aeroclubes y en los tipos que los circundan. Cierto clima que me hace acordar al primer acto de esa obra maestra olvidada llamada “The right stuff”. Pero aun así, incluso con “Top Gun” recientemente estrenada y la fiebre por la aviación que esta había generado, había algo que no me terminaba de enamorar de esta carrera. No podía determinar a ciencia cierta el por qué pero cada vez que volvía de volar no me sentía del todo realizado. Reconozco que mientras uno esta en el aire se abstrae de todo. No importa nada ni nadie salvo uno mismo y la nave que debe dominar. Pero algo en mi interior me decía que yo no había nacido para eso. Hasta que un día entendí la causa de mi falta de pasta como piloto. Joe Gazzolo, amigo al que nombre en algún capitulo anterior y que también estaba entrenándose para volar, me invita a hacer un vuelo de copiloto con el, a Mar del Plata, en un bimotor. En el medio del trayecto nos agarra un frente de tormenta que parecía estar a punto de partir el avión en dos . Inmersos en una suerte de película catástrofe primero se planta un motor y a los pocos minutos el otro. Una extrañísima ecuación que casi no suele darse en la aviación . En ese puto y preciso instante se confirmo mi sospecha sobre mi vocación aeronáutica : tuve miedo. Un piloto no debe tener miedo y mucho menos paralizarse. Mi amigo, con la impronta que debe caracterizar a un aviador de fuste, no soltó el comando y logró llevar planeando el avión hacia un descampado hasta aterrizarlo en el pasto. No recuerdo como salimos de allí, si alguien del aeroclub nos vino a socorrer o si Joe pudo hacer arrancar los dos motores. Lo que si recuerdo es que al otro día decidí abandonar la carrera de piloto y cobre coraje para decirle a mi viejo que quería dedicarme al cine.

Insisto , querer dedicarse al cine en 1986 era como querer vender artesanías de mostacilla en Plaza Francia. No voy a sobredramatizar el impacto que tuvo la noticia en mi viejo. A decir verdad jamás se opuso a que yo me dedicara a esta locura.

“¿Pero dónde se estudia cine?” fue su única respuesta .

Me encogí de hombros y a la semana mi viejo ya tenia organizado una suerte de tour por diferentes expertos en la materia. Como mi viejo volaba internacional tenía la suerte de llevar a todo tipo de figuras : deportistas, artistas, escritores y periodistas. Uno de estos últimos , creo que se llamaba Alberto Oliva, le dio un dato a mi viejo: el teléfono de Luis Puenzo. Y allí fuimos con mi viejo. Luis nos recibió cordialmente en su casa donde habían un montón de fotografías blanco y negro, enmarcadas, de la noche en la que gano el Oscar por “La historia oficial”. Imagínense para un flaco de apenas 18 estar ahí sentado a la espera del sabio consejo de un director en el pico de su carrera. Cuando mi viejo le pregunto a Puenzo donde se podía estudiar cine este lo miro con cara de póker y emitió un one liner digno de Clint Estawood en la película Alcatraz.

“En la calle” sentenció .

Nos fuimos de lo de Luis Puenzo con más enigmas que respuestas. Cuando nos subimos al auto, mi viejo me miro fijo y me dijo : “Hace lo que quieras , filma en la calle, en un ascensor, en un baño, o donde se te cante , pero tráeme un título oficial”. “¿Un titulo?”. Donde mierda me iban a dar un título por filmar, pensé. Y a partir de ese pedido comenzó una perdida de tiempo en mi juventud que duro por lo menos tres años. Comencé a indagar dónde carajo podía estudiar algo parecido a hacer películas con diploma oficial y lo primero que apareció fue la carrera de publicidad. Total cine … publicidad … es más o menos lo mismo, se parecen bah ; pensé. También recordé que durante la charla en lo de Puenzo, este nos dijo que él había aprendido el oficio de narrar filmando muchos comerciales. Pues entonces fui a por ello. “En búsqueda de un título oficial” se llamó la película. Y como un Indiana Jones con las coordenadas equivocadas conseguí dar con el lugar menos indicado del templo: la carrera de comunicación social de la Universidad del Salvador. Consejo : Si quieren estudiar cine no vayan a ninguna carrera de comunicación social y mucho menos a la del Salvador . Fueron dos años donde lo mas cerca que estuve del séptimo arte fue del cine América a cuatro cuadras del Salvador, sobre la avenida Callao. El resto fue estudiar teología y toda la bibliografía del maldito padre Quiles , artes gráficas por un tipo llamado Santarsiero que nos torturaba tomándonos exámenes orales teóricos sobre como manejar una linotipo. Una fucking linotipo!!!. Para que carajo quería saber manejar una puta Linotipo !!!. Y súmenle psicología que era una rama católica de esta y así todas las materias que parecían diseñadas por Torquemada. Durante esos dos años odie la carrera e hice todo lo posibles para no contaminarme de las doctrinas delirantes que se impartían en ese establecimiento.

En el ínterin mi viejo consigue que Manuel Antin, por entonces presidente del Instituto de cine, nos reciba en su despacho. Fue la primera vez que ingrese a ese maldito edificio de Lima al 300. Edificio que sería una suerte de tragedia en mi vida. La reunión no fue muy larga y lo más curioso de todo es que no recuerdo que Manuel nos hubiese hablado de la escuela de cine del INCAA. El CERC. Vaya a saber uno por qué . Pero lo que si recuerdo es que con ese tono extremadamente calmo que lo caracteriza me recomendó que me metiera a laburar en un rodaje de largo. Y me dio el teléfono de la producción de un joven director que estaba haciendo su opera prima de ficción. Tristán Bauer. La película se llamaba “Después de la Tormenta” y se rodó íntegramente en la villa que esta al lado de la cancha de Huracán.

Ese fue mi primer laburo en cine como meritorio de producción y mi primer contacto con la realidad social del país. Durante el rodaje no aprendí demasiado ya que era una suerte de cadete que salía a comprar yerba para producción o me quedaba a cuidar el camión con los faroles mientras el equipo estaba filmando. El año era 1989 , el ultimo de Alfonsin y la situación social era extremadamente delicada. Todo estaba por volar por los aires. Y en el medio del rodaje uno veía sobrevolar a los helicópteros de la policía o gendarmería por encima nuestro. Lo que mas me impresionaba es que a treinta cuadras de Callao y Santa Fe viviera gente en las misma condiciones de un país africano. Además la villa 21 esta al lado de un enorme basural por lo tanto el aire era , calculo que lo sigue siendo, irrespirable. Durante esas esperas al lado de los camiones de filmación entable amistad con un niño de 6 años. El chico jugaba descalzo entre la basura y las aguas contaminadas de los riachos de la villa y a pesar de eso recuerdo su sonrisa, la felicidad cada vez que me encontraba en el rodaje. Me pregunto qué será de la vida de él. Si a mí, que tuve todas las oportunidades, me fue como el orto , como le pudo ir a el?. Ojalá algún día un pibe nacido en el fango y el horror de la miseria llegue a presidente. Solo así y nada mas que así podrá cambiar un país que ha naturalizado el genocidio de la pobreza.

De todos esos días de rodaje aprendí varias cosas; que Argentina es un país de realidades paralelas , que el cine es mas verticalista que el ejercito y que un director al llegar a su rodaje debe saludar a todo su equipo. Recuerdo que cada vez que Tristán llegaba al rodaje saludaba uno por uno a cada miembro del equipo y que cuando me tocaba a mi , el ultimo orejón del tarro, se me inflaba el pecho de orgullo y emoción. Yo valía !!!. Al fin servía para algo !!!!!. La yerba mate era tan importante como la elección de un lente. No estuve durante todo el rodaje, pero lo poco o mucho que estuve me sirvió para aprender eso. Gran lección . Durante ese rodaje también conocí a dos amigos y buenos tipos con los que luego me re encontraría : Jorge Rocca y Martin Halac .

El cine es un lugar de pocos amigos por lo tanto si encontrás uno cuida ese vínculo porque por lo general la competencia y la envidia minan todo tipo de lazo fraternal. Al finalizar esta primer escala por el mundo del cine profesional se me ocurrió filmar un corto pretencioso y mandarlo al Concurso George Melies. Por supuesto no gane ni media cucarda y tenían razón porque el corto era una tristeza a todo nivel. Creo que había visto “Las Alas del deseo” y me quise hacer el sensible sin ningún tipo de conocimiento cinematográfico y sin la menor capacidad poética. Luego, al año siguiente, decidí vengarme y hacer otro corto . Para ese entonces yo seguía en el Salvador y al mismo tiempo me anoté en un curso de cine en una escuela donde comencé a aprender los fundamentos esenciales del cine. Daniel Desaloms, un tipo que destilaba pasión y amor por el cine, fue mi primer maestro y consiguió volver a entusiasmarme con seguir una carrera mas cercana a lo mío. Allí también conocí a Gustavo Mora , profesor de dirección de fotografía, al que le conté que quería filmar un corto blanco y negro sobre un científico loco que vivía rodeado de robots y aislado del mundo real y que un día al tipo se le revelaban sus criaturas y le hacían ver la realidad del mundo exterior a la fuerza. Una realidad apocalíptica donde había guerra, hambre y genocidio. La idea no era para nada original, de hecho era un robo muy humilde a Blade Runner, película que me había influenciado hasta la médula. Y también algunas cosas del Séptimo Sello de Bergman. Gustavo no demoro ni un nanosegundo en aceptar la invitación y allí comenzó la epopeya de rodar “La Ceguera”; mi verdadero primer cortometraje. La historia era absolutamente incomprensible y a decir verdad poco me importaba que se entendiera. De hecho casi la filme sin guion y planificación. Lo único que me importaba era lograr “un clima”, “ una atmósfera”. Que quien lo viera pudiese transportarse a otro mundo. Me interesaba lograr esto a través de la fuerza de la luz y la capacidad expresiva de los encuadres. Algo en lo que había fallado en el corto anterior. Este debía ser una poderosa sinfonía visual sin diálogos. Como 2001 de Kubrick o Metrópolis de Lang. Mi ambición desmesurada y fuera de escala para un joven principiante contaminó cada una de las etapas de producción del corto. Durante un año yo y un grupo de demenciales principiantes nos embarcamos en una odisea que tan solo duraría quince minutos. El grupo era una suerte de armada Branca Leone y a excepción de Gustavo Mora, nadie sabía demasiado sobre como filmar ni un casamiento. Los geniales Gerardo Rinaldi, artista plástico y estudiante de bellas artes, y Martín Demonte, maquetista y especialista en FX ópticos, fueron production designer y director de arte y construyeron y tallaron un decorado digno de HR Giger en un galpón del barrio de Constitución que nos había prestado un cliente al que mi viejo le traía bagayo. El vestuario no me pregunten como, pero conseguimos sacarlo prestado del Teatro Colon. Mi amigo y hermano de la vida , el Turco Orfali oficio de productor logrando conseguir todos y cada uno de los disparates que se me iban ocurriendo a medida que filmábamos . Desde conseguir el por entonces derruido mercado del Abasto como locación hasta transportar sin ningún permiso fusiles AK 47 reales en el baúl de mi Fiat 147 para una escena donde un pelotón de fusilamiento ejecuta a Cristo en una cruz de estructura tubular de 3 pisos de alto. Lo mas increíble de todo es que mucha gente que solo venía de visita se iba quedando en el set y al otro día ya formaba parte del equipo técnico, sin saber un soto a la vela sobre ningún área. Así fue como Sebastián García Valiño, que en ese entonces estudiaba ingeniería en el ITBA , vino un día y se quedo a vivir para siempre en el cine. O el genial Angelito Castiglia que oficio de grip, gaffer y pastor cinematográfico y cada vez que enchufaba una zapatilla con fresneles invocaba al cielo : Que sea lo que dios quiera !!! haciendo estallar siempre alguno de los faroles o alguna trifásica.

Si bien el equipo técnico era absolutamente leal y estaban dispuestos a inmolarse por mi visión no fue así con los actores que con absoluta y justificada razón comenzaron a odiarme y calculo que a planificar mi asesinato a medida que pasaban los días . Y no era para menos si los tenés durante 12 horas disfrazados de Luis XV, cagándose de frío y colgados de cables a varios metros de altura, esperando a que se te ocurra que carajo filmar esa noche. Las jornadas eran eternas y duraban hasta la madrugada. En un día con mucha suerte por ahí lograba hacer solo tres tomas. Como lo poco que conseguía de dinero lo volcaba a ponerlo frente a la cámara , las condiciones humanitarias para los actores y el equipo eran paupérrimas. Una noche, el protagonista del corto, el querido Marcelo Vernengo, estallo en un ataque de furia y luego de patear todo el decorado se lanzo a correrme por todo el set para cagarme a trompadas. “Pendejo lleno de guita” me gritaba mientras algunos miembros del equipo intentaban contenerlo. Y tenia razón , absoluta razón porque no me importaba nada salvo filmar la película que creía tener en la cabeza y no tenía. Mis amigos consiguieron rescatarme de las garras del pobre Marcelo y me llevaron a un costado para hacerme entrar en razón que debía terminar de rodar ese delirio algún día, de ser posible lo antes posible. Llevábamos 6 meses de rodaje , en el medio de un crudo invierno, filmando sin calefacción y a base de pizza de Ugis. Ugis se entiende?. Dale de comer todos los días a un ser humano esa masa informe y amarga con esa muzzarela vencida y creo que los efectos colaterales de Chernobyl son una ligera descompostura al lado del estado del sistema digestivo de todo mi pobre equipo. La cosa es que Gerardo Rinaldi me agarro de las solapas y me pidió que recapacitara y comenzara a planificar que filmar antes de llegar al set. Lo tildé de traidor a el y a todos los que estaban allí, que operaban en contra de mi proyecto, de mi película y que la iba a terminar con o sin ellos. Me creía Herzog, Coppola. Erich Von Stroheim, Cecile B De Mille y Michael Cimino en las Puertas del cielo. Estaba totalmente loco. Viéndolo a la distancia me da mucha vergüenza pero también ternura. Ya no tengo esa pasión , esa vehemencia, esa ceguera para alcanzar mis sueños. Y lamentablemente un director debe contar con una leve dosis de ceguera. El cine no es para obedientes pero tampoco para mesiánicos que filman una sola película y a los que nunca nadie vuelve a llamar. Hoy tengo miles de horas de vuelo, oficio, conocimiento y cuido a mis actores y técnicos en el set como si fueran mi familia pero insisto que el cine no se trata solo de cumplir un plan y tener buen clima de rodaje. Algunos de mis mejores laburos surgieron del caos, del completo descontrol, de defender mi visión a ultranza, de no trabajar para la susceptibilidad ajena . Otros no . No creo en el caos pero tampoco en el orden estricto. No me gustan los maltratadores pero tampoco los abrazadores fáciles. Cuando filmo no voy a hacer nuevos amigos. Mi cupo esta completo. Cuando filmo lo único que me importa es lo que filmo. De cualquier manera, al otro día de la rebelión decidí cambiar de actitud y tratar de cuidar a la gente y planificar un poco mas la historia que debía filmar. El rodaje se extendió un par de meses más. El corto jamás lo termine del todo. Hay un armado que circula en muy mala calidad por YouTube y en mi deposito de materiales hay un U Matic con una calidad un poco mas digna. Siempre sueño con terminarlo pero nunca me animo a hacerlo. Fantaseo con ponerle intertítulos al mejor estilo cine mudo para tratar que la historia se entienda un poco mas. El clima esta logrado. Es realmente atmosférico pero insisto : no se entiende una mierda. Igual no me importaba eso y sigue sin importarme. Lo más importante de todo es que ese corto fue la piedra basal de un grupo de jóvenes cineastas que sería mito y leyenda un año después. Eran los comienzos del grupo de cineastas más fantástico y hermoso que tuvo una escuela de cine.

Y de ese grupo de potenciales directores extraordinarios que no llegamos a nada y de esa usina de talentos que fueron los primeros años de la FUC va a tratar el próximo episodio. Ajústense los cinturones, la verdadera historia del viejo nuevo cine argentino esta por comenzar.










 

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