• Cristian Bernard

EPISODIO 12: “SOY UNA PUTA” (El maravilloso mundo de la publicidad parte 1)

Actualizado: may 11




Riiiiiiiiiiing!!!

Atiendo.

¿Hola? - pregunto.

“Cris, ¿querés laburar en publicidad?”


Era Sebas Valiño, amigo y compañero de la FUC, que estaba trabajando como asistente del mítico director de cine publicitario Alberto Morgan en la productora publicitaria del mismo nombre. Me cuenta que el segundo director de la productora está buscando un asistente de dirección.

“Sebas, yo no sé un carajo de asistencia, fui segundo de dirección en un largo y para lo único que serví fue para hacer la puesta de cámara de la película y tirar ideas. Pero, desde lo organizativo, soy un verdadero desastre. No me gusta, no me sale, no lo sé hacer”- contesté.

“Necesita justo eso, un tipo creativo, por eso le hablé de vos”- dijo Sebas.

Visto a la distancia, Sebas fue sumamente generoso en recomendarme para ese puesto. Yo estaba necesitando laburar, había abandonado la FUC y mis ingresos como socialero eran exiguos. Y, además, mi viejo ya empezaba a mirarme raro. ¡Tremendo grandulón! No laburaba ni estudiaba. Así que por esa sencilla razón decidí ir a la entrevista, que transcurrió en una cabina de montaje que la productora de publicidad tenía en Cinecolor de San Lorenzo. En líneas generales, la entrevista fue buena. Les mostré “Encuentros Lejanos” a él y al dueño de la productora y enseguida el director me comentó que necesitaba a alguien joven que tirara ideas y aportes a los guiones que venían de las agencias de publicidad. Les dije la verdad, que no me consideraba un asistente de dirección consumado y que mi única experiencia como AD había sido como segundo. Me respondió que eso no le importaba, que ya iba a aprender el oficio. Al otro día arranqué a trabajar para él.

La productora estaba ubicada en pleno Microcentro, Rivadavia y Florida, y ocupaba todo el piso de una torre. “Morgan Caraballo” era una de las últimas grandes productoras del mundo publicitario que quedaba en pie. Entrar en ella era como ingresar a una financiera. Su estructura no tenía nada que ver con lo que uno piensa en la actualidad de una productora de cine publicitario. Lo que hoy queda de esa industria es un fósil con retazos de carne putrefacta. Esto era el último vestigio de la era Mad Men. Créanme. El salón central estaba colmado de boxes y alrededor estaban las oficinas de los jefes de producción, de los directores, del contador y del dueño, que era el productor general. Ahí nomás, el asistente de dirección saliente, muy generoso y paciente, empezó a darme una suerte de curso de entrenamiento. Todos los jefes de producción eran empleados fijos desde hacía años, así que las miradas hacia mí, un flacucho de veintipico que venía de estudiar cine y realizar un corto, no eran del todo amables. Hay que entender que en aquella época los que estudiábamos cine éramos muy mal vistos en el mundo del cine profesional. Estos tipos se habían hecho laburando y estaban ahí como podrían estar detrás del mostrador de la casa de las mil lámparas o de una puta financiera, les chupaba un huevo el cine. Es más: lo odiaban. ¡Más aun al cine argentino! Y, sobre todo, odiaban a los que queríamos hacerlo. Los más veteranos se vanagloriaban de lo que habían hecho en los 80. Que en tal comercial se “garcharon” a tal modelo o que tomaban merca en el set mientras filmaban botellitas o de lo maravillosos que eran los comerciales de esa época o de la guita que se ganaba. Entre ellos y yo había bastante tensión y muchos ni siquiera me hablaban. Otros, los más cercanos a mi generación, fueron sumamente cordiales conmigo. Eran los más “cool” pero, ¡oh, casualidad!, no integraban el equipo de Raúl García del Morro, alias “el Salmon” que era el director para el que yo trabajaba y, a decir verdad, nadie soportaba demasiado. Para colmo, estaba Fernando F (no era recomendable decir su nombre completo), su jefe de producción, que además de ser detestado era tildado de yeta. FF, como lo llamaré de ahora en adelante, era un tipo rarísimo. Se contaban las peores experiencias en materia de suerte si uno estaba a su lado en un rodaje. Que si entraba al estudio se cortaba la luz, que si filmaba en exteriores llovía durante un mes seguido o que si llegaba al rodaje de otro equipo se caían las grúas, y todo tipo de desgracias cinematográficas. Yo nunca creí en esas cosas, así que no me tomaba muy en serio lo que me decían. Nadie salía a comer con él salvo yo y eso acrecentaba la bronca que me tenían los veteranos. Durante los primeros meses en “Morgan Caraballo” el clima se fue tensando más y más. La química con el director tampoco era muy buena. El tipo cada vez que yo le tiraba una idea creativa me decía que era una pelotudez y después, cuando filmaba, la aplicaba y no decía nada. Del Morro era un típico cheto (calculo que lo sigue siendo) y a mí los chetos siempre me dieron un poco de repelús. Todo se remonta a la época del colegio, que estaba lleno de ellos y para los que siempre fui un grasa, un ser inferior sin campo ni guita. Para esa gente, que se dice de sangre azul y que desprecia a la clase media y baja, el mundo se divide entre ellos y los negros/grasas. Supongo que toda esa mierda debe venir de sus padres. Se creen que merecen el país porque sus tatarabuelos vinieron antes que los de uno. Así de sencillos eran y así de sencillos son y serán. Me dirán que exagero, allá ustedes. Sírvanle dos vasos de whisky a un oligarca y verán que a la hora comienza a hablar bien de Hitler y a ver “negros” y comunistas por todos lados. De hecho, siempre pensé que si me dedicaba al cine jamás me encontraría con esta gente. De algún modo, el cine podía ser un refugio contra este “enemigo”. ¡Error! El cine, sobre todo el cine publicitario, está plagado de ellos.

En cada agencia publicitaria importante siempre hay un exrugbier en el área de cuentas y marketing. Nunca en creatividad. No les da la cabeza para eso. Pero en el área contable siempre hay uno. Casi como si el rugby los preparara como pitbulls alfa para marcar con sus meos los territorios de las multinacionales.

Como sea, Del Morro era el típico ochentoso con el pelito más largo en la nuca. Usaba las famosas “lanash” ( como suelen pronunciar la letra s) , camisas desabrochadas, pulóveres colgados al cuello y caminaba como si dos perros le pasaran peleando por debajo de las piernas. Curtía Punta del Este en verano y Las Leñas en invierno. Un verdadero estereotipo de la clase alta campera. Pero voy al grano sobre sus problemas como director. Era sumamente inseguro, cuando filmaba usaba toda la valija de lentes (los directores inseguros filman desde todos los ángulos con todos los lentes, carecen de punto de vista, se “cubren”, como se dice en el medio). No dirigía actores y, para colmo de males, era sutilmente maltratador antes, durante y después del rodaje.

Cuando le presentaba un casting despreciaba a los actores y actrices diciendo que tenían cara de pelotudos. Cuando los de producción le presentaban las fotos de las locaciones las rebotaba. Era famoso por “rebotar por rebotar”. De hecho, uno de los pocos buenos jefes de producción que trabajaban ahí, Daniel García, con el que trabajaría muchos años después, solía hacerle el juego de presentarle las mismas fotos de locaciones por segunda vez y recién ahí las aprobaba. En los rodajes era un tipo difícil, pero lo peor de todo no era esto sino tener que soportar el boicot de los de producción que casi siempre se cagaban en los desgloses míos con los requerimientos del día de rodaje. Eso generaba un caos total. Cuando Del Morro me puteaba porque faltaban cosas, yo le explicaba que había hecho los pedidos y que la culpa era de la gente de producción. Al finalizar el rodaje, cuando encaraba hacia la salida del estudio, los veteranos de producción me esperaban en la puerta casi como barrabravas en un callejón, esperando a que les devuelva las miradas y burlándose de mí por lo bajo. Todos los meses que estuve en esta productora generaron en mí algo que perdura hasta la actualidad: el miedo al rodaje.

Todo lo que me pasó ahí me dejó un mal sabor con las filmaciones hasta el día de hoy; la noche anterior al primer día de rodaje no puedo dormir pensando en todas las cosas que me van a faltar. Es solo el primer día, porque después se me pasa. Pero lo sufro, juro que lo sufro. No quiero decir que todos los que trabajaban ahí eran así pero existía cierta mafiosidad para con los que recién empezábamos. Además, me pasaba algo que he visto en muchos novatos durante rodajes: cuando uno comete un error no para de cometer otros. Qué estúpido fui en aceptar ese trabajo o en no haberme ido antes. Es algo que uno tiene que aprender rápidamente. No dejarse llevar por la guita, estudiar las aguas donde uno se va a sumergir. Decir que no. Hay que aprender a decir que no. Anoten eso. ¡No! Y hablando de “decir no”, escuchen esto: un día tuvimos que filmar con gatos, amo a los gatos, y por supuesto el director no. No los entendía. No les tenía la menor paciencia. Había una toma en la que uno de los gatos tenía que trepar por un árbol y no había caso. El entrenador de animales tampoco lograba que el animal consiguiera subirse. Entre todas las luces y la cantidad de técnicos el gato estaba aterrado y no salía de su jaula. Se suponía que el entrenador había practicado en su casa con el animal pero los gatos no funcionan así. No tienen jefe ni acatan órdenes. Hacen lo que quieren cuando quieren y en el lugar que quieren. Y así fue. Razón por la cual Del Morro se me acercó hecho una furia y me increpó diciendo que todo lo que estaba pasando era mi culpa. Le dije que con los gatos era así, cuestión de paciencia, me respondió que no había tiempo y dio la orden a uno de los técnicos para que le diesen una descarga eléctrica al animal. Ahí nomás le dije que no estaba para nada de acuerdo con torturar a un animal y el tipo me lanzó una mirada de odio que signó mi principio del fin en ese lugar. Al gato lo picanearon y terminó subiendo al árbol pero yo sentí que ya no tenía nada que hacer en ese lugar y me fui antes del rodaje. Al volver a mi casa me sentí como el personaje de John Cusak en Bullets over Broadway, cuando se asoma por la ventana de su casa y grita a los cuatro vientos I´m a whore. Me sentía igualito a Cusak en esa película: una puta. Luego vendría un rodaje para una gaseosa en el que se utilizaban unas imágenes de Piluso y Coquito. Se armó un lío con los derechos de propiedad de las mismas y nuevamente desde producción decidieron echarme toda la culpa a mí por no haber tramitado bien el asunto y, finalmente, me rajaron por teléfono. Duré apenas seis meses en ese lugar pero me bastó y sobró para odiar la publicidad con toda mi alma. Aún hoy, con un Clio de madera, un lápiz de hojalata, un diente de plomo y más de 300 comerciales en mi haber todavía tengo el sabor amargo de aquella experiencia. Todavía recuerdo el día que tuve que ir a buscar el cheque de la indemnización a la productora y la eterna caminata hacia la oficina administrativa ante la mirada burlona de los mismos tipos que solían esperarme a la salida del estudio, viéndome caminar como si fuera dead man walking, festejando mi primer fracaso laboral, cuando para mí era todo los contrario. Al salir a la vereda con mi hermoso cheque de 8000 U$ en el bolsillo respiré hondo. Muy hondo. Por primera vez en mucho tiempo me sentí uno de los tipos más felices del planeta. Caminé por la 9 de Julio con una sensación de libertad similar a la de Brad Davis en “Expreso de medianoche”. Incluso creo que corrí y salté como él. Faltaba que la imagen se freezara y se rodaran los títulos con la música de Giorgio Moroder, porque créanme; durante seis meses viví una película de género carcelario. Recuerdo haber llorado, haber puteado, haber perdido una novia que amaba por el ánimo que tenía mientras estaba ahí, haber insultado la palabra “publicidad” un millón de veces… Y ahora estaba caminando por la 9 de Julio con mi pasaporte hacia la libertad en formato cheque.

Pero ¡pará un cacho!

Un momento, Cristian.

Te rajaron.

¿Cómo sigue la cosa?

¿Cuánto te va a durar la indemnización?

Ocho mil dólares es plata pero no tanto.

¿De qué vas a laburar de acá en más?

¿Por qué no ahorrás y te metés en otra productora de comerciales?

¡Eso nunca!

¿Y si ellos tienen razón y no servís para laburar en cine?

Pero esto no es cine.

Es publicidad.

Mirá que el medio es chico y la bola se corre enseguida.

¿De qué vas a vivir?

Vos servís Cristian.

No les des bola.

No vuelvas más a la publicidad.

Dedicate a lo tuyo.

Me hice caso. Durante casi un año me dediqué a encerrarme en mi casa a escribir. Solo salía para pasear a mi amado ovejero Wolf, comprar cigarrillos y seguir escribiendo. Estaba tan aislado del mundo y tan metido de lleno en mi guion que cuando salía a pasear a Wolf no coordinaba los pasos. La calle me daba miedo. Incluso cualquier bocina o grito me alteraba. Apenas Wolf terminaba de hacer sus necesidades corría a mi casa a refugiarme en mi historia. Solo paraba para comer. La historia se llamaba “Mondo Diet” y era sobre un chorro que se afana un car stereo y no se da cuenta de que el auto es de una diva tipo Susana Giménez que se dejó olvidado su perrito en el asiento trasero de su Mercedes Benz. El pibe se lleva el perrito y pide rescate. Ahí arranca la película. La historia estaba basada en “Sardina”, un excelente cuento de Fontanarrosa. Me llevó un año entero. Jamás había escrito un guion de largometraje. Por aquel entonces los diálogos me costaban mucho. Mejor dicho, “el realismo” me costaba mucho. Me era imposible escribir a dos tipos sentados en un café. Por lo tanto, escribir una historia supuestamente realista era un gran desafío. Por las noches no paraba de escuchar Miles Davis, Coltrane y Charlie Parker y de leer a Kerouac. On the road, Los vagabundos de Dharma, “Big Sur”, su biografía. Jack Kerouac fue y sigue siendo el escritor más importante de mi vida. De un modo u otro, contribuyó en este período de ermitaño salvaje. Fumaba sin parar, tomaba mucho bourbon, escribía endemoniadamente y me vestía como un beatnik cuando muy pocos conocían la palabra hípster. Así fue mi vida durante esa época. Por momentos me preocupaba porque sentía que estaba viviendo una irrealidad al escribir algo que jamás vería la luz. Todos me miraban como si estuviera en pedo las 24 horas del día. Lo cual era cierto. Aunque más que en pedo estaba fumado. Fue el período en el que me amigué con la marihuana. La usaba sobre todo para escribir, escuchar jazz y ver películas, muchas películas, hasta cualquier hora de la madrugada. Y mucha escritura bebop. Es decir, escribía lo primero que se me venía a la cabeza sin detenerme. No contaba con los rollos de papel continuo del viejo Jack pero sí con un Microsoft Word infinito. He llegado a mirar al cielo y darle gracias a dios cuando terminaba de escribir una escena bajo los efectos canábicos. Al día siguiente, cuando lo leía careta, le he pedido perdón al de arriba por la mediocridad de lo escrito. Durante ese período escribí otro guion llamado “40 cómodas cuotas”, sobre un tipo que se endeudaba para comprarse un traje para la comunión de su hijo. Era como una carta de odio al menemismo. El guion estaba bastante bien pero no así el tono. Uno de los principales problemas del cine es el tono y en esa época yo solía irme para el lado de la ciencia ficción o de lo distópico. La pifiaba con el tono y con la duración. Cada uno de esos guiones duraba como trescientas páginas. Eran infilmables. Pero no me importaba porque estaba aprendiendo, practicando, ejercitándome para lo que venía. Uno de mis compañeros de ruta de ese período delirante fue mi hermano y amigo Gonzalo Arguimbau. Pasábamos horas y días hablando de cine, planificando laburar juntos. Él como actor y yo como director. Nos creíamos Robert y Marty. Todas las noches pasaba por su casa y nos quedábamos hasta cualquier hora viendo películas. No sé cómo su mujer de aquel entonces nos tuvo tanta paciencia. Podíamos quedarnos hasta las seis de la madrugada soñando sin parar. Ese verano alquilaron una quinta y durante una semana entera no vimos el sol con Gonzalo. Nos dedicamos a hacer maratones de cine. Éramos unos adelantados a los maratones de series. Una noche nos vimos todo Cassavetes sin parar. Otra todo Scorsese; desde su primer cortometraje hasta su última película. Otra noche llevé a mi perra y mientras nos sumergimos en un ciclo de Lumet, su perro salchicha, que estaba en celo, empezó a perseguir a mi perra siberiana. Arreciaba una tormenta de dimensiones tropicales y nosotros, tan poseídos por las películas, nos olvidamos la puerta abierta sin darle la menor importancia a lo que estaba sucediendo a pocos metros. Durante las seis horas que transcurrió el ciclo, el salchicha y mi perra entraron y salieron del jardín y corrieron alrededor nuestro de modo desenfrenado salpicando de barro todo el living. Solo se escuchaba la voz de Pacino gritando ¡Atica! al ritmo de las patas de los perros que derrapaban en las curvas y contracurvas de ese circuito eterno e imaginario. Al otro día, la casa parecía un escenario de guerra. Pero la mujer de mi amigo no nos dijo nada. Pobre santa. Yo hubiese sacrificado a los dos perritos y echado a Gonzalo y a mí mismo al peor de los destierros. Pero ella era actriz y una gran tipa y entendía nuestro apasionamiento y sacerdocio para con nuestro arte. Al volver a mi casa seguí escribiendo al ritmo de Canonball Aderley mientras los dólares de la indemnización iban evaporándose y la realidad se aproximaba a pasos agigantados. Lo más duro para alguien que se dedica al cine es el clima de irrealidad durante el proceso creativo. Sobre todo durante la escritura. En verdad hay que entender que toda persona que se dedique a invertir su tiempo y trabajo en crear una historia con enormes probabilidades de no ser filmada jamás y encima hacerlo sin ningún tipo de remuneración monetaria está completamente loca. Durante estos dos guiones solo viví para vivir en el interior de cada historia. Pensaba como los personajes y hablaba como los personajes las 24 horas del día. Me levantaba con la historia y me iba a dormir con la historia y en el ínterin cagaba, meaba, comía y sacaba al perro mientras escribía sin escribir. Piensen en la cabeza de alguien que vive así por el lapso de varios meses o un año. Calculen cómo queda. La mía estaba completamente fuera de la realidad. Y ese es el peor síndrome de un cineasta que solo filma una película en el interior de su cabeza pero no lo hace en concreto. Uno comienza a creer que es un realizador cuando en verdad no lo es. Un músico es un músico cuando toca la guitarra en su casa. Un pintor es pintor cada vez que pasa un pincel en su lienzo. Un escritor cada vez que escribe un párrafo. Pero un cineasta si no filma no es nada. Y eso era yo en aquel momento particular de mi vida. Nada. Tan solo un tipo que creaba historias para ser filmadas sin el menor atisbo de que alguna vez lo fueran a ser. Uno piensa que es un cineasta pero en verdad no lo es. Algo de esto plasmé en el personaje del director de cine de mi película Regresados. En la actualidad hay muchos días que me siento igual que en esa época. Solo, encerrado en mis guiones, sin filmar, bajo la mirada atenta de todos los que me rodean pensando que estoy loco, que ya tengo 51 años. Que a duras penas solo pude filmar dos películas con una veintena de guiones sin filmar apilados en mi biblioteca y ¿saben qué? Me chupa un huevo. Como decía Rocky: “La pelea no termina hasta que termina”. La anécdota final de todo ese período salvaje y perdido es que muchos años después mi amigo Gonzalo se divorció de su mujer. En el medio del conflicto me mostró la demanda de divorcio y en el alegato, donde ella narraba las causales del mismo, entre varios de los argumentos estaban aquellas noches salvajes en que nos pasamos viendo la maratón Scorsese, Cassavetes, Lumet mientras tomábamos alcohol, fumábamos como locos y los perros dejaban auténticos Pollocks de barro sobre las paredes del living de esa quinta. Señoras y señores que se dedican o se quieren dedicar a esta demencia llamada cine: tarde o temprano todas las cagadas que hacemos por el cine nos vuelven en modo de facturas y con intereses. Sépanlo.

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©2019 por Cristian Mariano Bernard.

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