LA MUERTE QUE NADIE LLORA



La muerte ha rondado muy cerca de mí en este puto 2020.

Primero, la muerte de mi padre —mi amigo, mi compañero de vida y, sobre todo, el tipo con el que todos los jueves iba al cine desde que tengo diez años—.

También he perdido a un querido amigo y brillante alumno: Rodo Weisskirch, que era el cine en sí mismo.

Mientras escribo esto, mi gata de veinte años, compañera inseparable y aliada incondicional, acaba de dejar este mundo.

Mi único momento de paz en este año de mierda —no he tenido ingresos, he perdido trabajos y acumulado deudas— es cuando salgo a correr. Lo hago religiosamente dos veces por semana, si puedo tres.

Mientras camino hacia el Bellas Artes para correr trece vueltas a su alrededor, paso por el complejo de salas cinematográficas ubicado en la esquina de Berutti y Bulnes. La muerte vuelve a sentirse próxima. En ese lugar, nos juntábamos con mi viejo todos los jueves para ver la nueva de Spielberg, de Eastwood, de Allen, de ese selecto grupo de directores que amábamos.

La última que vimos juntos fue Joker. Aunque no le gustó demasiado, esa película cerró un ciclo de cine de más de cuarenta años entre padre e hijo. Lo más gracioso es que, en ese mismo cine, junto a mi viejo, pasé uno de los peores momentos de mi vida cuando casi me agarro a trompadas con un gerentito de la sucursal (ya hablaré en mi novela sobre ese triste y patético episodio).

Que quede claro que no extraño la empresa Cinemark ni el pochoclo ni esos combos carísimos con vasos impresos con la peli de animación 3D del mes. Lo que extraño, además de a mi viejo, es el hecho fílmico. Extraño las salas cinematográficas que, seamos realistas, han muerto por completo. Y lo que más me extraña es que nadie las extraña. Nadie las llora. Leo todo tipo de posteos en Facebook, Instagram y Twitter en los que lloran a Maradona, a Quino, a Sabella, a Sean Connery o a un ignoto personaje secundario de alguna serie clase B que daban en sus infancias. Pero nadie llora al cine. Ni hablar de mis colegas y de la gente relacionada con el séptimo arte, a quienes parece importarles un reverendo rábano.

Se comprueba mi teoría de que el 80 % de la gente que trabaja en cine no va al cine, y de que los que van, lo odian. Insisto, no defiendo a las cadenas multinacionales de salas que se portaron históricamente como aves carroñeras con nosotros, los cineastas independientes. Las salas de propietarios nacionales, incluso las del INCAA, no se comportaron mucho mejor.

El negocio del cine es un circo caníbal en el que rige la ley del más fuerte; sobre todo, la del «que pase el que sigue». Lo que me llama la atención es el modo en que hemos aceptado esta realidad abyecta de la cuarentena, en la que las principales víctimas no solo han sido personas, comerciantes medianos y PYMES, sino el arte. Porque el hecho cinematográfico, el ver una película en la dimensión para la que fue pensada, es un hecho artístico. Cuando un director —un verdadero director que entiende el lenguaje— diseña un plano, lo hace pensando en que su imagen será recorrida con la mirada. Ese viaje narrativo por el lienzo que es la pantalla grande solo se da en un cine, no en una pantallita de celular o en tu TV 50 pulgadas 4 K. La luz de las pantallas de los celulares y de los televisores tiene un proceso inverso al de la proyección de cine. Los leds determinan que la luz venga por detrás de la imagen; por eso la imagen de estas pantallas es tan dura y artificial y no tiene nada que ver con la plasticidad del cine, cuya fuente de luz incide por delante creando un fenómeno similar al del sol cuando ilumina la vida.

«Adáptate o muere», «hay que reinventarse», escucho por ahí. Sí, claro. Pero ni Netflix ni Amazon plus ni Disney + ni HBO Max son cine. Son servicios de streaming creados para que te quedes en tu casa, comas mal, no cojas ni hables con tu mujer o con tus hijos. Te inyectan por vía intravenosa la serie de la semana, la que te obligan a ver los millennials que escriben en la sección de espectáculos de los grandes diarios, socios de este asesinato en masa. Porque así como el MP4 abarató la música y destruyó la industria musical —por ende, a los músicos, que terminaron pasando la gorra en subtes—, el streaming no solo abarató el espectáculo de la sala sino que asesinó a una forma artística que tiene más de cien años, que acaba de ser enterrada, y a cuyo velorio no fue nadie.

En menos de un año, la pandemia liquidó la expresión artística más importante de los últimos dos siglos. Lo que dicen los expertos en mercadotecnia y finanzas es que la pandemia aceleró los tiempos de algo que se venía dando; que venía muriendo. Lo único que quedará en pie son las salas de arte obstinadas en pasar ese cine de vernissage que no le importa a nadie, salvo a algún clan de snobs; o la sala multinacional que solo pasará el tanque que considere que valga la pena.

El cine, como lo entendíamos los que verdaderamente lo amamos, el cine artístico y popular, está acabado.

Lamento reconocer que las series no equivalen al cine en tu casa. Hay solo cinco buenas: The Sopranos, The Shield, The wire, True detective, Mad Men y pará de contar. The Marvelous Mrs. Maisel quizás entre en esta categoría. El resto es relleno. No pasa nada. Que The Queen's Gambit sea un hit habla a las claras de la nada que son estas empresas que producen ficciones según las tendencias algorítmicas de sus supercomputadoras. Qué sentido tiene hacer una serie disfrazada de biopic cuyo personaje femenino, demoledora de machos alfa del ajedrez, nunca existió. Los capos de marketing dictaminan que esta es la era de las heroínas buenas y de los machos malos. No hay un solo hombre bueno en estas series. Lo mismo sucede en The Handmaid's Tale o en cualquiera de estos productos en los que el mundo es gobernado por un regimiento de penes hijos de puta y todas las mujeres son sensibles y buenísimas. ¿Existe algo más maniqueo, simplista y reductor que esto? No. Pero la tendencia y los algoritmos lo sentencian y exprimen esta teta hasta que queda hecha una pasa de uva de la que solo sale pus.

El cine, como lo entendíamos, con personajes llenos de contradicciones, con dilemas más allá del género, con sus limitaciones de tiempo como principal carencia para explotar la síntesis y capacidad de la gramática cinematográfica, ha desaparecido. Necesitamos episodios cual píldoras para dormirnos babeando en un estado de lobotomía permanente. Todo esto, claro, apoyado por aparatos publicitarios enormes pagados a los grandes multimedios, y con el trabajo laborioso y ad honorem de los boludos útiles como yo (ya no lo hago más) en las redes sociales, donde por lapsos breves generan un fenómeno llamado hype.

La traducción o el significado de esta palabra es excitación. Una semana es el hype de La casa de papel;otra el de Merlí; a los diez días el de The Queen's Gambit y, al mes, una nueva serie que hace que borremos de nuestras memorias lo que acabamos de ver. Historias absolutamente perecederas. Las ves durante una semana y al otro día las defecaste.

El cine era un fenómeno popular que marcaba generaciones a fuego. Cuando una película era buena se convertía en un fenómeno cultural que se instalaba en tu alma, que transformaba tu vida, tu forma de vestir, de pensar, de comportarte. Yo soy lo que soy por Star Wars, por The Godfather, por Saturday Night Fever, por A Woman Under the Influence, por Novecento, por 2001 y, sobre todo, por Close Encounters of the Third Kind. Dudo que dentro de veinte años alguien se acuerde de Las chicas del cable. Es más, dudo de que se acuerden incluso ahora.

Netflix es un enorme black hole, un lugar que devora lo que produce con una capacidad de destrucción instantánea y letal. Estamos empachados de historias que no valen una mierda. Aquello que parecía una promesa cuando apareció HBO, que generaba historias para adultos que la industria del cine ya no producía, se esfumó por completo cuando llegaron «les ejecutives» de marketing con sus lenguajes «corpo» para imponer tramas inclusivas que no incluyen a nadie salvo a sus culos. Elles determinan la bosta que van a comer en los próximos cien años con tus ojos, vos y toda tu familia. Ficciones a las que les adivinás todo. Ahora aparece una chica y se va a encamar con la protagonista porque hay que cumplir con los segundos de lesbianismo que nos impone el nuevo código Hays. A los diez minutos, la actriz debe tener sexo con un japonés y enamorarse platónicamente de un senegalés; y también, si se puede, sexo oral con un latino. Eso sí, si el personaje es mexicano contratamos a un actor español, porque total, estos indios no se van a dar cuenta. Los de Netflix y Amazon de las filiales locales se apuran a transformar todo en una biopic: la historia de Luis Miguel, de Maradona, de Ruggeri, de Coppola, del loco Gatti y de Guido Suller van a generar escándalo. En todas tiene que haber algo de drogas, porque los narcos son tendencia. Hagamos una de una mujer narco empoderada y, si es posible, que tenga algún pasado con un padre siniestro y una madre buena y paciente psiquiátrica. En las de afuera, los personajes deben reciclar la basura que utilizan y, si es posible, tener un Prius eléctrico; porque si tienen un Dodge Charger contaminante, deben abandonarlo al costado de la ruta. Es la era de las ficciones inclusivas con un protocolo que no ofenda a nadie. Es la era de la ficción cuyo mensaje tiene que ser bueno por obligación. Total, del otro lado hay un mercado de imbéciles ávido de maratones de historias con fecha de vencimiento.

El cine ha muerto. No solo la sala, sino también el arte cinematográfico y sus directores, los verdaderos autores de la obra. El público ya no resiste sus historias. Cuando se estrenó The Irishman, de Scorsese —quizás su última gran película—, este público trivial, degradado por años de Bailando por un sueño, Master Chef y maratones de series, reaccionó de modo despectivo. Los que amamos el arte cinemático corrimos hacia la única sala donde la daban, en Devoto, como quienes se agolpan para ver un recital de los Rolling Stones o, en mi caso, de Sprinsgteen. Sabíamos que Scorsese había esculpido su historia para el gran lienzo.

Todavía recuerdo esa noche. Estábamos los mismos de siempre, los que no nos vemos las caras por las redes pero declaramos contra viento y marea nuestro amor incondicional hacia este arte extinguido. Pero cuando la película empezó a correr por Netflix en los televisores del gran público lobotomizado, se empezó a escuchar: «es un bodrio» (palabra tilinga y hueca si las hay), «me aburrí», «es muy larga», «termina horrible»y bla-bla-bla. El público no acompaña a las grandes películas de los grandes directores simplemente porque no está a la altura de estas.

Algo parecido le está sucediendo a Mank, de David Fincher, película que ningún estudio quiso producir por años, y ahora, este gran amo de la ficción que es Netflix se dignó a hacer realidad. Fincher construyó una película con la misma imaginería visual de Welles en Citizen Kane, con la misma profundidad de campo tanto para los planos como para los personajes, como así también para contar el degradante proceso creativo de la gran obra maestra del cine. ¿Y qué dice la gente? «Pretenciosa», «muy aburrida», «solo para los que entienden del tema», «no me pasó nada», «un bodrio largo y encima en blanco y negro».

Hace unos meses, Nolan decidió estrenar Tenet en el cine. Fue un fracaso total. El público no quiere salir de su casa porque cree tener treinta porquerías mejores para ver en sus servicios de streaming. Warner siente el golpe, producto de que su nave insignia, Nolan, haya colapsado. En poco tiempo veremos las consecuencias: Nolan convirtiéndose en show runner de alguna serie protagonizada, producida y auditada por Nicole Kidman, Sandra Bullock, Ellen De Generes y les especialistes de mercadotecnia del nuevo código Hays.

Bond está a punto de estrenar la última aventura de Craig y probablemente le pase lo mismo. Pero no teman. Se viene la serie. Con una Bond afroamericana que, por supuesto, no servirá para que las mujeres ganen el mismo salario que los hombres pero tranquilizará a les ejecutives en sus próximas presentaciones de Power Point y tendencias.

Spielberg también está en problemas para estrenar su versión de West side story. Quizás deba dividirla en cinco capítulos de veinte minutos. Si no, es muy probable que el nuevo público, las audiencias lobotomizadas, se aburran y salgan a postear en las redes que es vieja, aburrida, lenta, deprimente y, sobre todo, un verdadero bodrio. La lógica de la audiencia que lo quiere todo ya y rapidito. La lógica del googleo, del dame algo sencillito, con golpes de efecto y que, al final de cada capítulo, se plantee algo tremendo que no se resolverá al inicio del próximo. Solo quieren una catarata de intrigas sin resolver. No quieren drama ni reflexión ni dilemas morales. Para eso ya están sus vidas. ¿Qué vidas?

Mientras tanto, recuerdo con tristeza las tardes de cine con mi viejo y la mirada de mi gata moribunda en sus últimos segundos de vida como quien ve los últimos segundos de una película.

Y decido correr, correr como Forrest Gump, como Antoine Doinel, como Rocky Balboa o como Frank Abagnale en Atrápame si puedes. Sin un destino, sin un objetivo, tan solo escapando de tanta mediocridad, desolación y muerte.

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©2019 por Cristian Mariano Bernard.

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